
No quiero entrar en el aspecto meramente político del debate que vimos este sábado por Repretel, y con lo televisivo me meteré el martes. Mientras tanto, me gustaría referirme al desempeño de cada candidato durante los debates (han pasado dos: Monumental y Repretel).
Claramente en este país no existe una “cultura de debate político” con la que cada candidato asuma la importancia de estos circos romanos posmodernos y desarmados. También es cierto, que en Costa Rica, difícilmente un debate cambie la historia de unas elecciones. Pero que un candidato se presente a un debate vestido con una camiseta de su partido como la que usarán los guías el día de las elecciones, que otro charlatán se pase hora y media llenándose la boca de sinsentidos apocalípticos, o que otro pida una silla y parezca muñeco de ventrilocuo, nos hace ver la cosa con preocupante pesimismo.
Oscar Arias
Con respeto, Oscar Arias esta senil y la tele aumenta su estado por dos. En cada debate o aparición pública del candidato, nos damos cuenta de lo sabido: sus fotos de campaña son un insulto al respetable paso del padre tiempo.
En debate, Arias es lento y parsimonioso. Articula bien sus ideas y es coherente en las respuestas, pero lento y pausado, tembloroso.
Arias proyecta conocimiento, cultura, capacidad y razonamiento. En el debate de este sábado, pidió estar sentado, lo que generó un desbalance con respecto a los demás candidatos. Su imagen puede dar la impresión de desánimo, de agotamiento; de un candidato ya vencido.
Otto Guevara
Guevara es el galán del culebrón y lo sabe; y lo usa. El bochinche mediático tico se ha encargado de llevarlo hasta ahí. Enérgico y animado, Guevara sabe responder, pero su discurso es agotadoramente repetitivo, haciendo uso una y otra vez de los mismos lugares comunes que le escuchamos desde hace 8 años.
Su insistencia en la “firmeza” y el énfasis exagerado que pone en su lado más radical, lo hacen lucir frío, enojado, pelionero, casi podríamos decir “déspota”, y eso no le hace bien a nadie.
Maneja bien el tiempo, tal vez demasiado… Por momentos, cada una de sus respuestas parece un spot publicitario per se.
Antonio Álvarez
Mi favorito en los debates que hemos visto. Álvarez luce joven, jovial y animado. Siempre impecable. Maneja el tiempo mejor que los demás candidatos y suele insistir en responder las preguntas de manera puntual, un recurso muy convicente. Además, de ese modo sus ideas resultan de fácil digestión para distintos tipos de público.
Hasta ahora, ha proyectado la imagen del tipo de candidato que siempre tiene una respuesta para todo, y no la está improvisando. Aunque no podemos olvidar su tropezón con la poesía de Debravo.
Seguro, conciso, puntual, animado, elocuente.
Ottón Solís
Solís sabe lo que sabe, es un político capaz, consistente; pero tiene problemas para expresar sus ideas con claridad, y -sobre todo- para sintetizarlas. Se lo suele comer el tiempo, y eso se ve fatal. Peor aún es su reacción usual de agachar la cabeza como escuincle regañado, cuando los moderadores lo interrumpen.
Se apoya demasiado en cifras, algo que suele resultar demasiado abstracto y complejo cuando el televidente debe escuchar, calcular e interpretar al mismo tiempo.
Es pausado y se enfoca en responder la pregunta, pero se dispersa en el camino. Más y mejores asesores.
Ricardo Toledo
Toledo… qué difícil. Toledo es un candidato poco serio, y lo ha demostrado con hechos. En debate, se comporta del mismo modo. Parece que le da igual argumentar una respuesta brillante que disparar una metralla de ideas disparatadas. En el último debate el nudo de la corbata era demasiado pequeño, y el saco brillaba como aplanchado por fuera. Todo, sumado a su llamativo pirucho en la frente, conspira en su contra.
De ideas y expresiones pintorezcas, se expresa más con adornos que con propuestas. Un político olvidable. La bala en la ruleta rusa del PUSC.

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