Sólo un disco más para el dancefloor

Cumplidor como producción discográfica, pero corto como muleta para sostener a Madonna en el trono del pop global, hoy aparece en las tiendas Confessions on a Dancefloor, la apuesta de todo por el todo de Madonna, tras el olvidable paso de su American Life.
Como en sus superproducciones anteriores, el sonido de Confessions no podría ser más refinado. Primer paso para que un álbum pase la prueba. Pero anunciado como el retorno del mesías (“un bienvenido regreso de la reina del pop“), con accidentes, apariciones sorpresa, un despliegue mediático sensacional, todo con la expectativa de ver venir “el disco del año”, Confessions lo deja a uno buscando un track más… adónde era que estaba la sorpresa.
“Junto al productor Stuart Price, Madonna lleva su música de vuelta al lugar adonde había dejado su huella en los 80: los clubes. Pero lo hicieron de una forma que, siendo retro, empuja el ritmo hacia el futuro”, dice Billboard. Pero ese futuro apenas alcanzó para llegar a los 90.
Un gran disco de Madonna, uno más. Que no alcanza el brillo de Ray of Light y, por el contrario, parece previo. Que si bien no se remonta a Abba más que por el sample en Hung Up, si llega a sonar (guardando las distancias) como una producción de Pet Shop Boys de mediados de la década pasada. Dance sobremaquillado, y temas -como el propio Hung Up- genialmente concebidos para ser club smashes, pero poco más; y al menos un par de tragedias como la intragable I Love New York.
El sonido de Price (aka Jaques Lu Cont / Les Rhythmes Digitales) en estudio, limpio como era de esperarse, y muchos remixes por venir a cargo de una constelación de diyeís. Y Madonna… pues hazte fama.
Her last album, 2003′s American Life, was her worst-selling: confused music, solipsistic lyrics, an unintentionally comic cover, featuring Madonna clad in the kind of Che chic that for Britons of a certain age invariably invokes not the guerrillero heroico of the Cuban revolution, but Citizen Smith of the Tooting Popular Front. It still sold millions – for the world’s most famous woman, failure is relative
If Stuart Price’s obsession with the 1980s were any more pronounced, he’d be travelling to gigs in a Sinclair C5; suffice to say that Darkdancer, his 1999 album as Les Rhythmes Digitales, featured Nik Kershaw. (…) His remixes have made the Scissor Sisters sound even more gay, a remarkable feat.
It flies in fashion’s face with a swaggering hint of only-I-can-do-this: “If you don’t like my attitude,” she suggests on I Love New York, “then you can eff-off.” Dancing queens of every variety should be delighted.
…De el mejor review que he leído del disco, en The Guardian.



