
Sábado 20 de agosto, víspera de feriado por decisión legislativa. Unas 20 mil personas llenaron el estadio Ricardo Saprissa para escuchar a tres enormes de la música tropical en un concierto “regalado” por Wal-Mart Costa Rica a sus fieles clientes.
Mientras miles bailaban escuchando a Gilberto Santa Rosa, la seguridad privada -con el beneplácito de la Fuerza Pública- expulsó del estadio a un ciudadano costarricense. La justificación: es travesti.
En Costa Rica no pasan estas cosas.
El joven, vestido como mujer, intentó acercarse al “caballero de la salsa”. Decenas de chiquillas intentaban hacer lo mismo. Ella llevaba unas fotografías suyas, y su intención parecía ser hacérselas llegar al puertorriqueño.
A pesar de que no había cometido falta alguna aparente, varios agentes vestidos con camisetas de la empresa de seguridad Isaseca S.A. tomaron a la joven por los brazos y la acompañaron hasta una de las puertas de salida con la clara intención de sacarla del estadio.
Con rostro incrédulo (el suyo y el mío), la joven se encontró bajo la gradería con un grupo de oficiales de la Fuerza Pública. Pidió ayuda, como haría cualquier ciudadano. La asistencia no sólo le fue negada por los servidores públicos, sino que literalmente se la quitaron de encima y se burlaron de su condición de travesti, imitándola con sarcasmo. A empujones, la echaron del Saprissa, entrada en mano.
Toda la situación fue presenciada de cerca por una funcionaria de Producciones Marvin Córdoba, que escuchaba el concierto en primera fila, y no hizo nada para impedir el atropello.
Increpados por un colega periodista, los policías se comportaron desafiantes y se negaron a mencionar el nombre de su supervisor, encargado de las operaciones de esa noche. Una noche para celebrar el respeto a los derechos humanos en esta tierra hipócrita.

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