del boyo

Me he pasado la vida convencido, de que se aprende metiendo el dedo en el queque, dejándose sentir, diciendo que sí, aunque me dé pena echarme un bolero en público. Pero los días menos dulces son los que tallan en uno las lecciones más groseras. Crecimiento, que llaman, que es poco más que una simple acumulación de incomodidades.
Por ejemplo, ahora sé que debe haber pocas cosas -y sólo porque debe haberlas- más duras que tragarse la resignación de enterrar a alguien, cuando uno sabe que aún vive.



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