Se les metió el diablo: Migración pretende impedir concierto

En un alarde épico del más medieval y temible fundamentalismo, la Dirección General de Migración de este potrero “no dejará que el grupo Deicide, presuntamente satánico, se presente en el país”, según La Nación.
“Mario Zamora, director de Migración, dijo que si el grupo realiza una presentación pública, sus integrantes se expondrán a ser detenidos y deportados”, publica Al Día.
Dejando de lado el hecho de que semejante decisión grita “¡inconstitucional!” a los cuatro vientos, este tipo de actos deben pararle la peluca a cualquiera que crea en las libertades individuales más elementales, de culto, de reunión, de expresión, de libre tránsito. Personalmente, me aterroriza más esta acción ridícula y a todas luces arbitraria, de parte de una entidad estatal, que cualquier letra “cantada” a galillo pelado por el vocalista de la mentada banda, embajadora emérita de luzbel en Mayami.
“La denegatoria es ´enfática´, pues se considera que ´no se trata de una actividad artística´”, publica el diario. Las palabras sobran y me abruma el tedio de tener que luchar, en 2007, con mentalidades atrapadas en el año del tiquisque, y que se siguen refugiando en el bastardeado y etéreo concepto de la moral y las buenas costumbres (es que ¡así somos los ticos!).
Esto pasa en Costa Rica, uno de los ventiúnicos países de occidente que conserva una religión como la oficial del estado; el país donde un diputado de ultra derecha desperdicia los recursos y el tiempo del Congreso para proponer que por ley se establezca “el señorío de Jesucristo sobre Costa Rica”. El mismo país donde los obispos, sin mejor cosa en que gastar papel membretado por Roma, invitan al Papa abanderado de la nueva inquisición a que se venga a compartir un desayuno en Tapia.
Mi país me apena y el medio plazo me asusta, ¿culpa mía?
En la imagen: Auto de Fe de la Inquisición, de Goya


