24 horas, una eternidad
“..Y que si por estas palabras voy a perder amigos y el respeto de algunos familiares, pues eso me entristecerá hasta el fin de mis días; pero me entristecería más haber conservado amistades que solo lo eran porque pensábamos de manera idéntica en estas cosas o cualesquiera otras. Creo que una idea y una práctica de la amistad que no pueda ir más allá de la política, no es en realidad amistad –ni, casi, siquiera respeto humano– sino solo sectarismo: la capacidad de solo apreciar y respetar a quien piensa como uno y cree lo mismo que uno; equivale a declarar que quien no piensa como uno es inmoral o estúpido. Esto, en sí mismo, es un vicio político nefasto: atenta con reducir la vida en común –la vida política– a vida entre absolutamente iguales, es decir, no iguales en cuanto a derechos y oportunidades y deberes –lo cual es imprescindible– sino iguales incluso en opiniones, en creencias, en “verdades”. Yo quiero saber querer y respetar a quienes tienen ideas y razones opuestas a las mías, incluso cuando parecen excluyentes y precisamente porque lo parecen: la amistad no radica en apreciar solo al idéntico a mí, sino que nace del esfuerzo por comprender y aceptar a otro radicalmente diferente de mí. Lo primero, querer solo la identidad, me parece tan simple que no puedo concederle mucho valor. Y algo similar debiera motivar las relaciones de “fraternidad” entre conciudadanos…”
Leí este post soberbio de Víctor Alba de la Vega ayer, y sentí que lo estaba leyendo un día después del referendo. Hoy lo releo, y a esa idea me aferro. Yo nunca lo hubiera podido plantear mejor.
Ya es el día después.


