…la tregua no implica, ni puede implicar, la limitación en la independencia y la libertad de los ciudadanos y los medios de comunicación para buscar y difundir informaciones y opiniones en torno al proceso. Es decir, se elimina la propaganda, pero se mantiene, en las mismas condiciones de siempre, la autonomía periodística para informar sobre los hechos que cada medio considere relevantes y para recabar y dar a conocer, en sus espacios periodísticos, puntos de vista relacionados o no con la elección o referendo.
(…) Pretender, como algunos alegaron, que se limiten esas expresiones implica una visión peligrosamente autoritaria de la sociedad y absolutamente irrespetuosa de la libertad de expresión y de información. Porque, si tal noción prevaleciera, se establecería una mordaza sobre la autonomía editorial de los medios. En La Nación
Creo en la libertad de empresa, y veo a “la gran prensa” (término tan en boga en los últimos días) como empresas fabricantes de productos informativos. Algo, hay que decirlo, absolutamente legítimo. También creo en la autonomía de los medios, los grandes y los pequeños. En la libertad para decidir sobre qué informar y cómo hacerlo, guardando siempre -así sea- elementales criterios de apego a la verdad. Está en uno, lector, televidente, oyente, consumidor, entender quién habla y desde dónde llama.
De modo que la discusión de los últimos días sobe el “rompimiento de la tregua electoral” por la forma que los medios de comunicación abordaron o no tal o cual tema, y el efecto que esto haya tenido sobre la intención de voto de los electores, se me hace una majadería. No por el fondo de la cuestión, por el efecto en el electorado, digno de análisis en facultades de Ciencias Sociales por los próximos años, y de una pertinente y sana discusión de altura. Si no por la necedad de buscar culpables en el cielo. En las alturas, en esa “inaccesible, todopoderosa, opresora y servil gran prensa”, y seguir aquí abajo haciendo lo mismo que ayer.
Una de las ideas más interesantes, porque propone, y que he leído y escuchado repetidamente en los últimos días, es la de la necesidad apremiante de que surja en el país un medio de comunicación de gran alcance, que se separe del discurso de los medios conocidos.
Lamentablemente, la idea surge en parte de la idea falaz de que todos “los medios grandes” de Costa Rica están alineados de alguna extraña forma, comparten agenda y reproducen el mismo discurso, que -siguiendo la teoría conspiratoria- debe nacer en… digamos… “la oligarquía”.
Pero el espíritu de la cuestión lo comparto: la mesa está servida para que apareciera en las esquinas, o en la red, un soporte de ideas frescas, de sectores diversos, de plumas arriesgadas, y si tal vez, de representación.
Todo este contexto me genera dos inquietudes, ambas -me parece- más estimulantes que la idea cabezadura de traerse abajo el status quo, como siguen pretendiendo algunos sectores montoneros.
La primera: ¿Qué clase de profesionales se están formando en comunicación, y para qué están preparados? Y la segunda: ¿Cuándo nos vamos a cansar de inflar a los medios tradicionales, y subestimar la capacidad de incidencia de las acciones civiles, particulares, “alternativas”?
¿De dónde se va a sacar este país un nuevo medio, moderno, competitivo, vanguardista en el sentido más amplio del término, cuando nuestras universidades siguen siendo entrenadoras de redactores, en lugar de semilleros de emprendedores? ¿Estamos la nuevas generaciones de comunicadores preparados para proponer, crear… sorprender?
No me cabe duda de que es siempre mejor crear, que observar desde las gradas con el tomate listo. Como le escuché decir a Germán Retana hace algunos meses: siempre es más fácil culpar a la competencia de nuestra propia incompetencia. De modo que conformes e inconformes podemos gastar meses tarareando “los males, las injusticias y las atrocidades” de “la gran prensa”, o proponer.
|+| La historia de la frase robada para título. Usada aquí con fines ilustrativos. ![]()
|+| La caricatura es de Eduardo Sanabria.
