
Durante los últimos meses y semanas, he visto a un país que parece haber despertado de una modorra eterna, sacudirse los ácaros y sumirse en una discusión nacional como no la recuerdo en mi corta (eso me gusta pensar) vida. También he sentido una polarización que no conocía. Desde las discusiones familiares de sobremesa en casas donde la política era, hasta ahora, un tema inexistente; hasta el alejamiento, la incomprensión, la intolerancia y la censura de buenos amigos, gente querida, gente cercana. Divididos por lo que creemos, por lo que pensamos.
Durante los últimos meses he mantenido mi convicción de que para participar en un proceso de discusión, no es indispensable zambullirse en una trinchera. No es un mandamiento sagrado para el ejercicio de la ciudadanía, ser azul o rojo, frío o caliente. Creo en el silencio reposado del que medita con base en lo que su entorno le muestra. Creo que también es parte vital de la libertad de elección, el poder elegir la distancia. Creo que la máxima manifestación de la ciudadanía democrática, es el acto individual del voto. Esa es la que cuenta.
La discusión sana, el intercambio de ideas, las conversaciones de buses, parques, foros, blogs, bares y oficinas, nos hacen crecer; como personas y como sociedad, nos enriquecen el criterio, aportan valor a lo que razonamos, suman. Pero el bochinche, la guerrilla psicológica, el entuerto constante y el griterío alborotero, no hacen más que ensuciar el aire que nuestro cerebro respira.
Pero también creo que es de gente transparente decir desde donde estamos hablando. Es ser consecuente. No sé como lo perciba la mayoría de ciudadanos costarricenses, pero por estos días -aunque hastiado- me siento feliz de vivir el momento histórico que alcanzará su climax este 7 de octubre. 3 días a antes, estoy convencido del deber que tengo como ciudadano, de abandonar el estado legítimo de la indecisión razonada, para tomar esa determinación que no permitiría que otro tome por mí: qué voy a hacer con mi voto.
Así, después de leer toneles de papelitos, folletos, volantes; ver y hacer horas de televisión informativa o de opinión; de escuchar la radio cada mañana, y de tragarme cuanto pixel online me encuentre, me siento un poco más capaz de tomar la decisión más importante de todas: la mía. Y sentirme conforme. Este domingo, en mi papeleta, voy a votar NO.
Pero mi NO es un voto bajo protesta, es un NO atemorizado ante la incertidumbre inevitable e -imposible no reconocerlo- lleno de inconformidades. Mi NO es un voto en contra del TLC, pero no es un voto a favor del “Movimiento Patriótico del NO”. Es un voto que no comulga con un colectivo con el que no siento pertenencia y cuyos líderes me encrispan.
Me aterroriza y me frustra pensar, que mi voto del domingo (no nos hagamos los tontos) empodera al nefasto movimiento sindical de este país, a sus ideas y a sus formas. Mi voto al NO, no es para esos oradorcillos que se siguen llenando la boca recordando gestas heroicas y repitiendo una y otra vez esos slogans rechinados que más que vítores provocan vergüenza.
Me asusta que alguien, al echarlos todos en el mismo saco, crea que mi votillo suma a una causa barata y politiquera como la de un líder tétrico como Eugenio Trejos. Me entristece que mi voto pueda ser asumido con un espaldarazo a un político obstinado, tieso e insolente como Ottón Solís, a quien me arrepiento sinceramente de haberle dado eso, mi voto, hace dos años.
Mi voto no patrocina las actitudes de gente que por meses ha sembrado el temor diseminando falacias y mentiras, para después rasgarse las vestiduras endilgándole a otros el mismo pecado. Mi voto no patrocina el vandalismo de quienes defienden los mares, el agua y las riquezas naturales, pero empapelan la ciudad a la vieja usanza, pintarrajean los muros de propiedades privadas, puentes recién constituidos o ruinas centenarias.
Que no se diga tampoco, que mi voto al NO es un voto por esa izquierda troglodita, radicalizada e infumable, opuesta ad portas al comercio, al crecimiento económico, a las oportunidades de desarrollo, a todo y cualquier cosa sólo porque sí.
Tampoco podría, a estar alturas, pretender apropiarme de un esfuerzo que otros han emprendido con tenacidad por meses, haciendo un esfuerzo maravilloso, luchando por algo en lo que creen; y asumir una actitud triunfalista. Mi voto es uno sólo, y sí, llega tarde.
Soy un firme creyente en el libre comercio, lo he sido desde siempre. Creo en el progreso, creo en el bienestar, me importa el crecimiento económico y sí, a diferencia de lo que dice la canción hipócrita, yo si envidio los goces de Europa. También creo en la competencia, en la inyección de capitales, en los emprendedores, en crecer, crecer, crecer.
Creo en el comercio, pero no en el de transnacionales voraces que arrasan con cualquier oportunidad de emprendimiento. Creo en el justo. Creo en el progreso, pero no cuando es para encerrarse en casa y electrificar el contorno para separarme de aquellos en quienes no pensé mientras progresaba. Creo en la competencia, pero en la que sirve de algo, no en la trama de las cableras que será idéntica a la de la telefonía: competencia para peor. No tolero las imposiciones abusivas en materia de Propiedad Intelectual, y este último es quizá el tema que más inclina mi balanza.
Por todo lo anterior mi voto va, apechugando con lo que implique, rezando ante la incertidumbre, pero convencido que, de los males el menor. Puedo estarme equivocando.
