El día después de… salir de la cárcel
|+| En la edición #15 (nov-dic) de la revista SoHo. Foto de Adrián Arias.

La primera noche en que dormía fuera de la cárcel, Elizabeth la pasó en vela, pero la disfrutó como pocas antes. No podía dejar de apreciar todo lo que hay en la oscuridad. En el Buen Pastor los fluorescentes de los corredores permanecían siempre encendidos y estaba acostumbrada a dormir con un poco de luz. No había pleitos, no había bulla. Después de 7 años estaba estrenando el silencio.
Eso, una noche de sueño profundo es una de las cosas que más extrañaba. Sólo quiero que me dejen dormir. Sentía como un cansancio necio que la acompañaba día y noche. Un cansancio atrasado, que se terminó el día de la madre.
Elizabeth salió de la cárcel el 15 de agosto, en la tarde. Temprano alguien llegó a avisarle: la esperaban en la Dirección del penal. Se asustó, cuenta. Le pasaron mil cosas por la cabeza, como cuando a uno se la cobran, y sabe que no la debe.
La directora la sentó en una silla y le informó que había recibido el indulto presidencial ¿Qué es eso? Preguntó ella. “Fue maravilloso. Yo no sabía nada, ni esperaba nada”. Se deshizo en emoción, en alegría. Cuenta que sintió ganas de gritar, de correr por los pasillos gritando “soy libre, soy libre”. Yo imaginé la escena en al menos 10 cintas. “Me alegré tanto que se me bajó la presión”. La primera celebración iba a tener que esperar.
Nunca perdió la fe, esperaba su milagro como viniera. Les repetía a sus compañeras todos los días Dios me va a sacar de acá, Dios me va a sacar de acá. “Se reían de mi, creían que yo ya estaba loca de tanto tiempo que llevaba ahí metida”. A sus hijos nunca se atrevió a responderles cuando le pedían una fecha. No hubiera sabido qué decir.
Esa tarde fue eterna, pensaba en cómo darles la sorpresa. Finalmente tenía una respuesta y lloró como nunca.
Nos sentamos en unos bancos de madera hechizos. Junto a una mesa renca forman el juego de comedor que es lo único que ocupa la sala de su casa. Una casa vacía en la que estorban algunas cosas prestadas. Ahí Elizabeth repasa con voz baja y entrecortada los detalles de un tiempo que dice no querer recordar más.
Habían pasado 7 años, los primeros 7. En el 2000 la sentenciaron por asesinar a su compañero, el padre de su hijo menor. Ella describe ese día como uno trágico, de esos cuando todo está destinado a salir peor. Un instante en que la vida le jugó una mala pasada, después de soportar años de maltrato y agresión. “Él me gritó, me dijo “te voy a matar, te voy a llegar a matar”. Entonces yo agarré la pistola… lo iba a asustar”.
La condenaron a 20 años. “Siempre sentí que era injusta, yo sabía que no merecía una condena tan alta”, dice, bajito. “Hubo personas que declararon cosas que no eran ciertas”.
Al entrar a la cárcel, Elizabeth sabía que podía perderlo todo. Su familia se dividió, dejó de ver a sus hijos, y ella, y ellos, pasaron penurias. Son 3, su hija mayor recién terminó la secundaria, los dos menores están en edad escolar. Aunque nunca faltó quien les ayudara, siempre dependieron de ella.
Vació su casa y la alquiló. Con el dinero que recibía sobrevivieron todos mientras estuvo presa. El alma se le encogía cada vez que le pedían algo, que ocupaban algo. Casi no hubo una noche en que no llorara, sola, encerrada en su impotencia.
“Yo no sé si ha hecho justicia o no. No sé si con 7 años pagué o no”, dice, mientras busca una mirada cómplice, como de aprobación. “Sólo Dios sabrá. Lo que sí sé es que para mi fueron como 100 años”.
Su hija mayor llegó a esperarla. Del Buen Pastor le avisaron que esa tarde su mamá estaría libre. Elizabeth recogió sus pocas cosas y se alistó. Se encontró con ella en la puerta y se abrazaron con toda su fuerza, lloraron de alegría. Era un abrazo distinto. Elizabeth estaba acostumbrada a despedirse de sus hijos, a verlos irse. Esta vez era un saludo a una vida que le llegaba de vuelta. Ningún día de la madre va a ser como ese, “Fue un día maravilloso”, cuenta esta mujer que sonríe poco y habla siempre con un tono de timidez.
En la casa de la madrina de los chiquillos, en Alajuela, la esperaban los otros dos, la familia, la gente que la quiere. Elizabeth se emociona. Le brillan los ojos, “fue un día tan diferente, ¡hasta me llevaron rosas!”.
Durmió así, en silencio, pero con la luz del baño encendida. La costumbre.
Al día siguiente le hicieron desayuno. Quería comerse un huevo frito tierno, recién salido del sartén. Finalmente podía comer lo que quería, sin hora, sin fila. Comió mucho, comió demasiado. “Comía como desesperada, porque en la cárcel no podía comer lo que yo quería”, cuenta.
El resto de la mañana la pasó hablando por teléfono. Después de años de hablar con el tiempo contado, dos veces al día, ese día llamó a medio mundo y habló todo lo que quiso.
Hace 6 años sus hijos la visitaban cada semana. Pasó el tiempo y las visitas cada vez eran menos. Después de un año los veía cada 15 días, cada 22. Y ultimamente los encuentros se distanciaban 2 o 3 meses, porque su situación económica no les dejaba alternativa.
“Me perdí muchos momentos bonitos”. Extrañaba poder llevar a su hijo al kinder, ir a las reuniones, como acostumbraba a hacerlo. Entre sollozos me cuenta que les gustaba la sopa, el caldo de pollo. Hubiera dado cualquier cosa por esos ratos.
Durante 7 años compartió el aire y 3 sanitarios con 22 personas, en un gran cuarto con 11 camarotes. El suyo estaba abajo porque siempre padecía de la columna. A los lados ponía sábanas, como cortinas de hierro. Las únicas paredes de su habitación. Adentro, su intimidad.
Elizabeth dejó ahí buenas amigas, de esas que le prestaban el hombro cuando el día se hacía más largo de la cuenta, y de las que se acompañaban de noche cuando alguna caía enferma. La cárcel está llena de madres que sufren, me convence. La mayoría es gente buena, las escandalosas y peleonas son minoría, pero se hacen oir.
Nunca se acostumbró a la cárcel. Conforme pasaban los días, menos soportaba estar ahí. “Yo sentía que estaba muerta, pero con vida”, me dice, meciéndose despacito sobre el banco, inquieta “La cárcel es como un cementerio de vivos”.
Nos levantamos y Elizabeth me invita a conocer la casa. Afuera la entrada la obstruyen dos montañas de tierra y piedra. Esta construyendo un nuevo cuarto para su hijo porque los chiquillos crecen y eso es lo que quieren. Le encantaría cambiar el piso, y quiere devolver los chunches prestados y comprar sus propias cosas. En una oficina le dieron trabajo como miscelánea, y cuenta que le va muy bien. Volvió a comer poquito, como comía siempre. Y todavía tiene pendiente la sopa para cuatro. Suena el teléfono, “debe ser mi novio”, me dice, “es que yo tengo un novio”.


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9 Comentarios
Heriberto Rodriguez
Una crónica muy buena y entretenida sobre un tema conmovedor.Creo que para mí es hora de volver a comprar la revista.
19 Nov. 2007 a las 5:37 pm #
medea
excelente.
19 Nov. 2007 a las 6:39 pm #
Victor em
Demasiado bueno, si que me llegó… Gracias
20 Nov. 2007 a las 12:23 am #
Julia
Esta es la vida retratada. Una belleza. Si cosas como estas no nos ayudan a cambiar, a mirar a los demás con verdadera compasión ( no de la lastimera, sino la de ponerse en los zapatos del otro o de la otra) ¿ qué?
Un abrazo para Elizabeth, y para vos, que la retrataste con tanta honestidad y cariño.
Esto es Amor.
Qué bonito.
20 Nov. 2007 a las 10:11 am #
naty
Yo que no pensaba gastar más plata hoy y vos que me mandás directito para el AM PM.
O la otra es esperar a que mi hermano la compre…
20 Nov. 2007 a las 5:12 pm #
Gi
Muy buena tu crónica!!!
Justamente la acababa de leer ahora que mi hermanillo me prestó la revista.
Me gustó mucho la forma en que abordaste el tema, así como el ritmo del texto.
20 Nov. 2007 a las 9:40 pm #
xtian
muchas gracias
21 Nov. 2007 a las 1:35 pm #
dan
o guau! dem conmovedor, te hace poner las cosas en perspectiva definitivamente, justo lo que ocupaba hoy! q bueno como la escribiste.
14 Feb. 2008 a las 12:25 pm #
AMY
Hola
Primeramente quiero agradecer q pongan cosas tan lindas y realistas..
El lunes saldra mi padre de de la carcel…
como lo ha echo estos dos años, con mi madre y mis hnas y claro yo…
la sociedad es muy dura..
pero hay un Dios el cual es puro Amor..
y se q el nos ayudara
nos ha dado fuerzas q jamas pense q fuera a tener…y muchas experiencias q nos ha ayudado a aprender mas…
los errores nos perfeccionan…
sigan con ese hermoso trabajo.
Un beso
♥
Amy B. H.
28 Jun. 2008 a las 2:56 pm #
Su comentario para “El día después de… salir de la cárcel”: