
En la foto el carro de mi hermana. Pasó hace dos semanas. En cualquier ciudad le llamarían vandalismo, asalto, ataque; aquí le decimos “ventanazo” porque suena más tropical.
Hace unos días conversaba con Julia de esto en la entrevista para Arrroz y Frijoles. Le decía que hace mucho tiempo que la inseguridad ciudadana aquí dejó de ser culpa de Pilar e Ignacio, Repretel o la Extra. La insegurida ya no es una “sensación” generada en los ciudadanos por el discurso sensacionalista de algunos medios. La inseguridad es un hecho que cada día, y como nunca antes, nos ataca a nosotros, nuestros amigos, nuestra familia, así, en nuestras narices.
El gobierno lo sabe y al menos ha dejado de lado la indiferencia para sacudirse un poco. Haces unas semanas, al presentar la Ley de Fortalecimiento Integral de la Seguridad Ciudadana ante el Congreso, el presidente le confió la tarea a su vicepresidenta (y experta en seguridad) Laura Chinchilla. La acompañó el fiscal general, y a su lado, como paje, el Ministro de Seguridad, Fernando Berrocal.
La de Berrocal ha sido una gestión difusa, caracterizada por nebulosas. Irónicamente, el contexto actual de evidente crisis de seguridad pública, pone a Seguridad en la mira y lo convierte en uno de los ministerios más delicados. Su cabeza debería ser también la más lúcida, o no aspiremos a mucho: la más preparada (de forma comprobable) para lidiar con el tanate.
No es el caso de Berrocal. El ministro, más que seguridad, transmite una total incertidumbre, y todos lo hemos visto.
El desatino del ministro en relación con el tema de los vínculos de las FARC en Costa Rica, es sólo la cereza en el postre. Pero es tamaña cereza. Se trata de afirmaciones temerarias y ligeras, sin sustento, de boca del máximo funcionario de una cartera del Poder Ejecutivo. Alguien en quien usted, y yo, y su suegra, deberíamos poder confiar; por sus capacidades, por su entereza, por su firmeza y por su consecuencia.
Hoy nacion.com muestra en entrevista en video a un ministro inseguro, dubitativo, y contradictorio hasta la última cana. Un ministro que metió la pata, lo sabe, y sabe que no hay forma de sacarla.
Debe irse.
