
Con una producción monstruosa, la marca de Costa Rica se adueñó este sábado y domingo de toda la atención, y todas las portadas, con la edición 2008 de su Festival Imperial. Habiendo hablado ya del cartel de artistas, hay que decir que en cuanto a producción, Imperial y sus aliados están solos en este país por el tamaño de lo que hacen, por la arrasadora campaña publicitaria, y por la atención en los detalles a la hora de poner in situ un montaje tan bestial.
Para esta edición mejoró casi todo: mejor logística de ingreso, mejor ubicación de la tarima (mucho más grande e imponente), eliminar la animación en vivo y reemplazarla por una serie de bien logrados cortos en video, mostrados en dos espectaculares pantallas, etc. Un lunar: El sistema de acreditación, tiquetes y plegarias para conseguir una cerveza, gaseosa o aguas frescas, fue una pesadilla.
Hay crónicas en los periódicos, foros, blogs y pasquines, así que procedo sólo con algunos apuntes…
A LePop le tocó bailar con la más fea y abrieron el festival el sábado, con una hora de retraso, y rompiendo el orden anunciado. Su presentación pasó casi desapercibida, faltó fuerza, algo pasó. Se fueron, o los fueron, del escenario sin Califotoman, sin ovaciones. Una lástima.
Café Tacuba a punta de música, y respaldados por los 26mil asistentes, puso los puntos sobre las íes: esta no es una bandita para que venga a abrir un concierto. Enormes.
Los Babasónicos se plantaron duro en el escenario y entregaron una de mis actuaciones favoritas del festival. No están entre mis bandas de preferencia, pero su música en vivo sonó intensa e invitadora. El look, la actitud, un muy buen show.
Siguió Incubus, y con ellos el que me atrevo a decir, fue el performance más intenso y más memorable de esta edición 2008. Brandon Boyd y los suyos se proclamaron amos y señores del evento, recetando una sacudida acústica de lujo, llena de carisma, calor y guitarra.
Smashing Pumpkins: supongo que si, que qué bien tenerlos aquí después de 20 años, como dijo Billy Corgan con su hermosa voz de pito. Una actuación poderosa y disfrutable. Pero la noche ya tenía dueños.
El domingo la cosa arrancó puntual. Zoé tocó con un perfecto atardecer como escenario y repasó temas de sus 3 últimos álbumes. Para quienes les seguimos los pasos de cerca, un deleite. La mayoría de la gente apenas se dio cuenta de lo que estaba pasando (uno no sabe si eso es bueno o malo, cuando, horas después, los escucha ovacionar a Enrique Iglesias). ¿Qué tocaron sin ganas? ¿Quién podría tocar con ganas, abriéndole a Por Partes?
La banda de Macho Salazar subió a la tarima, y no se sabía si aquello era parte del concierto, o un extraño culto a la complacencia y la cursilería. El vocalista se dedicó a hablar, opinar, saludar y disertar; insufrible. Con letras flojas y una mescolanza de sonidos digna de los más candy grupos latinos, Por Partes recurre a burdos nacionalismos para “echarse al público a la bolsa” con un discurso rechinado. Puedo pensar en varias propuestas nacionales, verdaderamente sólidas, que se merecían ese espacio.
Aquí es donde nos salen con aquello de “apoyar al artista nacional”, por nacional. Patrañas. Apoyar a los buenos artistas, por buenos.
Lo cierto es que ninguna de las dos bandas invitadas este año, le llegó a los talones a lo que hicieron Gandhi y Malpaís, hace dos.
Mención aparte merece el ensamble de músicos que repasó algunos éxitos del rock criollo. Especialmente el domingo, Marta Fonseca, Pato Barraza, Mechas, Luis Arenas, Mario Maisonave, Massimo Hernández, Pedro Capmany, entre otros, hicieron que La Guácima se les rindiera en aplausos, más que bien ganados.
Seal fue la sorpresa de la noche del domingo. De principio a fin puso a los miles a bailar con un sonido predominantemente dance bien trabajado y una tremenda presencia escénica. Me sumo a los asombrados.
A mitad de su actuación, Enrique Iglesias invitó a subir al escenario a un muchacho de 18 años, Freddy, todo un atrevimiento. “Aquí tenemos a un hombre al que le gusta Enrique Iglesias, eso es tener huevos”, dijo el español. “¿Te gusta mi música?”, le pregunta al muchacho que sin más le espetó, en el micrófono, “¡yo a usted lo amo!”. En ningún momento previo La Guácima cimbró como entonces, en una avalancha de epítetos homofóbicos dignos de ser coleccionados. Al mismo tiempo, la mitad de la multitud pedía “beso, beso”, mientras el joven, arriba, vivía un momento que –sin duda y por múltiples razones- le va a costar olvidar.
Era claro que estábamos viendo la foto de portada de los periódicos de hoy. Al menos algo curioso tenía que salir de la idea de poner a Iglesias, a cantar en el Imperial.
Cerró Duran Duran, con una exitosa presentación, según me contaron. No me quedé. Repetir las 3 horas de espera infernal para salir del autódromo no es una tortura a la uno se exponga voluntariamente dos noches seguidas.
