Esta mañana escuchaba a doña Amelia diciendo en la radio que no deberíamos seguir señalando culpables, que todos tenemos un pedacito de responsabilidad, de que el país que conocíamos se nos esté yendo entre los dedos.
Anoche de tres tiros y frente a su casa, mataron a su hermano. El caso, dramático, no es ni por asomo el único en estos días. Últimamente hay un ultimado por día en Costa Rica. Así, sin asco.
¿Cómo hace uno para no depositar la responsabilidad en quienes, electos por la gente, ocupan cargos de los que se espera resultados, en una materia como la seguridad ciudadana? Estamos claros en que esta crisis no comenzó anoche, y que es el resultado de años y años de descomposición social. Pero la solución hay que comenzar a construirla algún día. Mañana es tarde.
Nuestra asamblea divaga en un mar de proyectos de ley, y una reforma profunda al código penal parece una utopía inalcanzable, al otro lado del pantano de la burocracia. ¿De qué nos sirven la nuevas leyes, las aperturas, las modernizaciones, el rompimiento de monopolios, los tratados internacionales, si no podemos respirar en paz? ¿Cuáles son nuestras prioridades como ciudadanos, y cuáles las que exigimos de nuestros gobernantes?
¿Habrá quien siga sosteniendo el cuento cruel de que la violencia aquí sigue siendo una percepción? ¿Estamos equivocados al señalar con indignación un nombramiento torpe, erróneo y -principalemente- inoportuno, en la cabeza del Ministerio de Seguridad? Cuidado, que por pensar que la responsabilidad es de todos, un tema como este, “el” tema, termine siendo responsabilidad de nadie.
Es lamentable, pero como bien plantea Álvaro Murillo, en El País, “Costa Rica empieza a creer en la violencia”. Y es que en los últimos años la violencia uno no se la tiene que imaginar. A mi madre trataron de quitarle su carro frente a mi casa. Le apuntaron con una pistola y ella se defendió. Tuvo suerte. A mi hermana le quebraron la venta de su carro mientras manejaba. Mi sobrino bebé viajaba en el asiento de atrás. Perdieron plata, una cartera, y la ventana. Tuvieron suerte. A mi un taxista pirata me apuntó con una pistola durante varios minutos mientras me quitaba un sinfín de pertenencias. Me obligó a bajarme en una zona más que peligrosa de San José, y desapareció. Tuve suerte.
Hoy cierro filas con doña Amelia y su gente, a quienes aprecio entrañablemente. Y llamenme terco, pero no podemos quitar el dedo del renglón. Este es un tema que no se puede soltar. Yo no, al menos, que me siento harto de vivir en una ruleta rusa.
|+| El título del post -¿era necesario decirlo?- es de Fito. A él también le mataron a un ser querido, en la puerta de la casa.
