Del ciberactivismo a la polución online

“La política formal puede llegar tarde y mal a lo emergente”, escribió Antoni Gutiérrez en el diario El País. Tiene toda la razón. Los nuevos medios, y la nueva cultura y formas de interacción en línea, plantean grandes retos para la clase política y la comunicación política. Se puede hacer bien, y el potencial es enorme, o se puede hacer mal. “New tools, same old dirty ways”, como escribió una amiga en Twitter.
Un ejemplo llamativo. Esto dice una página de actualización de Wikipedia, sobre Ottón Solís:
“…es considerado por gran cantidad de la oposición como el culpable de la derrota en el referendum, ya que sus movimientos de traer senadores estadounidenses destruyeron los principios de la contienda del NO, y convirtió el movimiento ciudadano que se había formado en oposición al tratado en meramente una plataforma para obtener el poder, algo que el pueblo no le ha perdonado aun; Posterior a la derrota en el referendum y con el nivel tan bajo de popularidad que poseía, decidió salir del país para que la opinión publica le olvidara, algo que no se consiguió ya que a nivel de opinión publica se vio la ida como una huida en la que el líder del partido dejaba a sus débiles diputados solos.”
Y no quieren que seamos suspicaces, que hagamos preguntas, que dudemos. ¿Cómo llegó tanto sinsentido a la enciclopedia colectiva?
La “cultura 2.0” es una mina de oro para la comunicación política, y tarde, pero seguro, los políticos costarricenses se han dado cuenta de ello. Esta nueva cultura en línea está marcada por una serie de características grandiosas, que están modificando intensamente una serie de antiguos paradigmas en el campo de la comunicación social, la interacción y la generación de información, la formación de opinión pública, etc. Un acercamiento acertado a este panorama, propone estrategias e iniciativas de comunicación digital que hagan suyos esos valores de transparencia, participación, horizontalidad, que la web impone y la gente reclama. Un acercamiento erróneo ignora esa naturaleza, y procede a imponer los viejos métodos, porque son los que conoce. “Creen que el espacio digital hay que colonizarlo, sin comprender que de lo que se trata es de influir y dejarse influir”, continúa Gutiérrez en El País. “Pretenden convertir lo digital en un nuevo espacio dogmático o de reclutamiento, pero así sólo se encontrarán con redes vacías de vitalidad”.
La duda es inevitable: ¿Cómo entrar a participar a esta conversación, que es la cultura de las redes sociales, alterando y boicoteando un esfuerzo colectivo de generación y divulgación del conocimiento? Es como uno pretender que lo inviten a la mejenga, y –entrando nomás- estallar la bola.
“Una regla básica de la comunicación política es mantener el control del mensaje. Pero ya no es posible controlar el mensaje”, dice el periodista y emprendedor español Jose Antonio del Moral, en una adaptación a la comunicación política, de los principios del Manifiesto Cluetrain.
Justo eso buscará la vieja política, la añeja: controlar el mensaje. Pretenderá ser quien tira las bombas. Querrá ser la que ría al último. Se incomodará cuando le hagan preguntas. Reaccionará con ataques, antes que con respuestas. Destruirá los medios del otro antes de compartir el provecho que todos puedan obtener. Querrá funcionar en vertical, imponerse. Estará perdida.
Pero, ¿es malo que la política se meta en la web y quiera bailar en este baile? De ninguna manera. Lo que está mal es el enfoque que hemos visto.
Que los políticos locales utilicen las nuevas herramientas online es una excelente noticia. Que la Presidencia monitoree lo que pasa en la web, como comentó Mimí Prado esta mañana en Monumental, es una excelente noticia. “La Red permite afrontar el tipo de diálogo al que la democracia representativa aspiraba desde siempre”, sigue del Moral. “Los individuos pueden ahora encontrar medios para hacerse oír. Es lo que se conoce como vigilancia activa”, ¡y qué mejor que los líderes, quienes ostentan el poder político, participen activamente de esa conversación colectiva!
El potencial de internet para aglutinar esfuerzos ha quedado de sobra demostrado en los últimos años. Su potencial como herramienta de comunicación política, también. Y no creo que nadie dude de los enormes y satisfactorios resultados que se podrían obtener con el uso de la web para una efectiva rendición de cuentas. Yo mismo he cotizado y propuesto proyectos de comunicación online para dependencias gubernamentales, basados en la idea de funcionar como vitrinas de exposición y comprobación de resultados puntuales, de interacción con los ciudadanos, de transparencia. De modo que no podría ver nada de malo en el hecho en sí.
Surge entonces la pregunta: ¿Por qué hacer las cosas desde la sombra del anonimato, si se pueden hacer claras y directas, con nombres y apellidos? Eso lo tiene muy claro el presidente ecuatoriano Rafael Correa y sus asesores, que han sorprendido con un abordaje inteligentísimo del fenómeno 2.0. Por eso: ¿Cuánto más efectivas serían las iniciativas de divulgación digital del gobierno, si se plantearan a partir de la rendición de cuentas y la participación, en lugar de la chota y el cuchicheo?
“La cultura digital es una ola de regeneración social (de ahí su fuerza política) que conecta con movimientos muy de fondo en nuestra sociedad: placer por el conocimiento compartido y por la creación colectiva de contenidos; alergia al adoctrinamiento ideológico; rechazo a la verticalidad organizativa; fórmulas más abiertas y puntuales para la colaboración…”, publicó El País. Son máximas de los tiempos que corren, y todos tenemos la opción: uno puede usar el puente, o puede intentar botarlo. Así no paso yo, no pasa nadie. Y nos quedamos todos viendo al barranco.




