
Al presidente Premio Nóbel de la Paz, Oscar Arias, le tiemblan las canillas frente al mandatario Chino Hu Jintao, y desinvitó al máximo líder del budismo tibetano -y Premio Nóbel de la Paz, el Dalai Lama. La visita del Dalai Lama, en setiembre, le resultaba inconveniente al gobierno de Arias que espera recibir aquí al presidente chino en octubre.
No es la primera vez que Arias le da la espalda a lo que -uno pensaría- son sus convicciones de respeto a los Derechos Humanos, paz y justicia. Recientemente, ante la polémica previa a las olimpiadas en Pekín, Arias (que parece tener algo que decir sobre cuaquier conflicto ajeno a su propio país) se mantuvo al márgen y guardó silencio con respecto a la sistemática violación de los derechos humanos en el Tíbet, por parte de China, y la sangrienta represión de las protestas.
“Lo que si nos sorprende, y nos causa tremendo disgusto, es que nuestro gobierno de turno, presidido por otro Premio Nobel de la Paz, haya guardado un silencio absoluto y sepulcral ante las atrocidades cometidas por su nuevo amiguito oriental”, escribió entonces Lasuizacentroamericana.
El presidente no se ha medido para lanzar duras críticas al régimen cubano. Curiosamente, cada uno de los epítetos lanzados contra La Habana en los últimos años, resultan aplicables a Pekín, con los agravantes que todos conocemos del régimen “comunista” Chino. Pero hasta ahí no llega la supuesta coherencia del Premio Nóbel, que aún hoy se sigue jactando de haberse metido con Ronald Reagan. Pero hoy estos pleitos no se los come. Las suyas parecen ser convicciones se sangre fría, que se acomodan donde les calienta el sol.
