Minor: calladito, más bonito
Pensé en ampliar en este en vista de las últimas noticias sobre el caso, pero especialmente por los comentarios dejados en el post anterior, en este blog.
Este jueves, sólo unos minutos después de que el sacerdote Minor Calvo saliera al aire por Radio Centro con su anunciado nuevo programa, el Ministerio de Justicia ordenó detener la transmisión. En un comunicado, la entidad basa la decisión en la falta de los permisos correspondientes. “Entre otros, éstas iniciativas deben ser valoradas desde una perspectiva técnica y de seguridad”, dice el documento. “Una persona que se encuentre recluida en un centro penal, no tiene una libertad absoluta de tomar decisiones propias y unilaterales acerca de los proyectos que quiere llevar a cabo, por eso debe someterse a las autoridades a las que está sujeta”.
También este jueves, Monseñor Hugo Barrantes dijo que las razones que tenga el sacerdote para emprender este proyecto le parecen “misteriosas”. Según La Nación, el obispo “dijo que “no conviene” que él (Calvo) tenga dicho espacio”. Claro, Barrantes suda al pensar en tener que pasar las congojas que vivió Román Arrieta.
Ambas posiciones me resultan sensatas, responsables, y sobre todo oportunas. La autoridades de gobierno, y la Iglesia, atajan así una idea potencialmente perjudicial para la sociedad en general.
Ahora bien, tres preguntas que surgen de la discusión en el post anterior: ¿Estamos juzgando a Minor Calvo?, ¿Se le está privando de sus otros derechos constitucionales al no permitirle volver a la radio?, ¿Se le priva así de la posibilidad de enmendar su falta?
Lo primero: al menos yo no pretendo juzgar al sacerdote. A él ya lo juzgó un tribunal, y lo declaró culpable de un delito de estafa. Insisto en lo importante que es no olvidar. Una vez más, remito a aquel estupendo reportaje publicado entonces por La Nación sobre el caso de Radio María. Todos sabemos de quién estamos hablando.
El comunicado de hoy del Ministerio de Justicia deja claro que un convicto esta sujeto a las normas y regulaciones del sistema judicial.
Me considero un defensor de la libertad de expresión, pero también entiendo y respeto sus limitaciones, aquellas que marcan el límite en que el ejercicio de esa libertad, puede devenir en daños y perjuicios para terceros, o, como en este caso, para el común de la sociedad.
Minor Calvo cometió su delito valiéndose de la radio, de los medios, como instrumento. Manipuló hábilmente a miles de seguidores, como un temible líder sectario. Permitirle volver a los micrófonos, con un espacio fijo y de gran alcance, es como permitirle a un médico condenado por malpraxis, volver a operar. Estamos claros: existe una garantía individual de por medio, pero también está en juego el bien común. Es por eso que temo que, recurrido ante la Sala Constitucional, un caso como este tenga alguna posibilidad de prosperar, en favor del “ofendido”. En este caso, ese escenario sería lamentable.
Calvo puede enmendar su falta en el ámbito privado, de la manera que desee, pero su afán de recobrar protagonismo y figurar sólo nos recuerdan la afanosa megalomanía que hizo de Radio María un monstruo del engaño y la manipulación, en perjuicio -en la mayoría de los casos, pero no únicamente- de personas de escasos recursos.
La mayoría de las reacciones han apuntado hacia el sacerdote, lo cual me parece curioso. A mi lo que más me indigna, es que un medio le vuelva a abrir las puertas a Minor Calvo. Me indigna que Radio Centro haya puesto su señal al servicio de este circo. Es la empresa la responsable de abrir espacio a esta nueva discusión. Personalmente, sus motivaciones me resultan tan “misteriosas” como las que el obispo le endilga al padrecito.




