
Uno podría pensar: “si está harto lárguese”, y así lanzar un filazo más contra el cansado presidente Arias. Pero personalmente no sólo lo entiendo, comparto la sensación. Y sí, ¡a quién no le dan ganas de salir corriendo! Costa Rica es un país en quedó congelado, una mala fábula de absurdos que parece nunca ver secuencias de sentido común. La administración pública: un tríangulo de misterios donde cualquier buena iniciativa desaparece en vuelo, o incluso antes de despegar. Como plantea La Nación hoy, la situación claramente ha llegado a su límite.
No hay manera de levantar cabeza en medio de un sistema fácilmente secuestrable en una red de maniobras legales, o en una sopa de convenientes tecnicismos para favorecer los intereses del particular de turno. El del Estadio Nacional, o el de las interlíneas, son sólo dos vistozos ejemplos de un mal sintomático que se lo traga todo.
La Sala Constitucional ha pasado de su papel como garante de los derechos individuales de los ciudadanos, y de la correcta aplicación de la ley, a un macropoder último que dicta santa palabra desde temas altamente trascendentales, hasta boludeces (que deberían quedar en manos de las instituciones responsables) como la explotación del almendro amarillo, o si comemos pan con o sin bromato. Algo que, a los ojos de uno, ciudadano no ducho en el campo del derecho, resulta una extralimitación de funciones incomprensible.
Es obvio que Arias, a quien además no desvelan los asuntos que se cuecen kilómetros más abajo de donde vuelan los halcones, esté harto, y quiera mandarlo todo al carajo. También es comprensible entonces, que en medio de un panorama tan movedizo, cualquier cachiflín nos entotorote y nos saque la baba. Lástima que, más que una ídolo, lo que ocupemos sea un milagro.

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