
Esta es la historia conocida de un Obispo inquieto. Junto al resto de la Conferencia Episcopal, actualmente se le investiga por el presunto delito de intermediación financiera. Antes, en 2004, el Obispo admitió haber financiado a un cura prófugo de la justicia por el delito de violación, y haberle ocultado su paradero a las autoridades. Pero la feligresía católica parece perdonarle -u olvidarle- todo.
Este domingo supimos que, a pesar de su voto de pobreza, el Obispo tenía una buchaquita, unos cinquitos ahorrados “de toda la vida”, ahorros de 30 años, dice. La suma era de sólo $165mil, o lo que es igual: c91 millones.
El Obispo conoció a un compatriota suyo, un español de nombre Pedro Urrutia, hoy preso en Costa Rica porque se le acusa de un fraude multimillonario en España. Se hicieron tan tan tan amigos aquí, que el Obispo decidió “prestarle” esa suma, los $165mil, los ahorros de toda su vida humildemente acumulados en su cuenta del Grupo Sama. “Me he quedado sin nada”, dijo el Obispo acongojado, como cuando le robaron el anillo.
Lo curioso es que el Obispo y Urrutia se conocieron apenas a mediados de 2007, según el primero. Pocas semanas después, ya el Obispo estaba mediando en favor de su nuevo amigo ante las autoridades de Migración. Se hicieron inseparables, según parece. A principios de octubre, Urrutia le entregó al Obispo un poder generalísimo que lo facultaba para disponer de dineros y propiedades. Justo 3 días antes de ser detenido por las autoridades, Urrutia almorzó en casa del Obispo.
Ahora, Ángel San Casimiro asume su pérdida con pasmosa tranquilidad, y dice que no le comunicó a las autoridades que ese capital estaba en peligro: “si no lo recupero es error mío”. Yo no sé como será cuando uno es un humilde pastor al servicio de la fé, pero en el caso de cualquier mortal que -realmente- ha ahorrado por 30 años, el riesgo de perder al tarantantán 91 millones de pesos debe ser, cuando menos, una pesadilla. ¡Tanto desprendimiento!
Como no arder de indignación ante la sinvergüenzada de este tipo de figuras, que en horas hábiles se rasgan la sotana por “la moral y las buenas costumbres”.
Es que nunca mejor dicho aquello de que “Dios los hace y ellos se juntan”.

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