
143 años después de la abolición de la esclavitud tras el término de la Guerra Civil, y 54 años después del fin de la segregación racial en el acceso a la educación, Barack Obama, un “afrodescendiente”, un negro, está a un paso de convertirse en el 44 presidente de los Estados Unidos.
Con los ojos de todo el planeta sobre los hombros, 153 millones de estadounidenses elegirán entre un senil John McCain, por el partido Republicano, y un cuasi-mesiánico Obama, por los Demócratas, que protagonizó una campaña alucinante.
Para muchos analistas, entre Obama y el Despacho Oval de la Casa Blanca, solo se podría interponer ya un factor: el racismo solapado del pueblo americano. Así, el fantasma del llamado “efecto Bradley“, del que medio mundo habla, se asoma en el escenario como para añadir tensión a una escena deporsí vibrante.
“Lo que sí está claro es que si fuera blanco tendría la victoria en el bolsillo”, se dice. Pero esta historia, con 143 años de cola (de cola reciente), se escribe esta noche.
