¿Nacen o se hacen?
Es un tema polémico, que despierta airadas pasiones, y que en los últimos meses se ha posicionado en el debate nacional.
Estamos claros en que hablamos de una conducta humana que para muchos de nosotros resulta absolutamente antinatural. Esto no es lo que Dios tenía en mente, dirán algunos. Y uno entiende que el tema asuste, porque lo que no comprendemos nos da miedo y nos provoca un rechazo instantáneo.
No tengo claro, eso sí, si pensar que se trata de una condición genética -como plantean algunos entendidos-, o que es realmente una conducta adquirida en el proceso de socialización y educación. Desde hace algunos años me inclino por esta segunda teoría. Algo ocurre durante los primeros años del crecimiento de los niños, y probablemente se refuerza con el desarrollo en sociedad. Alguna que otra carencia, una confusión desatendida tal vez, falta de valores, exceso de chineo y sobreprotección maternal, la mano de algún amiguillo; en alguna parte tiene que estar la respuesta.
Pero estoy convencido de que la sociedad debe garantizarnos un espacio a todos, sin importar cuán absurda, aberrante o antinatural nos puedan parecer algunas conductas. Ya es hora de que los homófobos dejen de ser vistos como ciudadanos de segunda categoría.
Es en el respeto a la diversidad donde está la clave para vivir en un mundo más decente. Los seres humanos, sin distinción, merecemos ser vistos como iguales ante la ley, y tener acceso a las mismas garantías, incluso los que desprecian a sus semejantes. Las personas que han hecho del prejuicio su bandera, también tienen derecho a compartir su vida con alguien que los quiera, y besarse en un parque.
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