Golpe de Estado en Honduras: ¡a la mierda los pastores!

Actualizado a las 0 horas del lunes. Manuel Zelaya no me simpatiza. Mucho menos su camarilla de amigos del circuito bolivariano. Su retórica me enerva, y si fuera mi presidente, me sobrarían razones para temerle y adversarlo.
Pero un golpe de Estado es un golpe de Estado, en Honduras como en Djibouti, así lo disfracen de festival ranchero. Cuando el ejército, usando la fuerza y la violencia, saca de su casa (y de su cama) a su propio presidente. Cuando se le exilia a la fuerza en pantuflas. Cuando se le juzga y condena en ausencia, y sin un debido proceso se le asume culpable, y se le destituye, en un festín de cinismo y matonería. Cuando se arresta a los ministros y se desaparece a la canciller. Cuando se falsifica un documento para hacerle creer a los ciudadanos que su presidente ha abdicado voluntariamente. Cuando se suspenden los servicios básicos, como la electricidad, por medio de la toma armada de las plantas, para dificultar el acceso a la información. Cuando se silencia a la prensa y se coacciona a los periodistas. Cuando se limita el acceso a internet. Cuando se confina a los ciudadanos a sus casas invocando el toque de queda, porque se les teme. Todos, síntomas innegables de un quebranto del orden constitucional. Juntos: un golpe de Estado.
Mal hacen los medios de comunicación, y los gobiernos o entidades, que recurriendo a eufemismos tibios pretenden maquillar lo que el continente entero presenció en vivo durante este domingo. ¿Para favorecer a quién? No tengo forma de entenderlo. América en pleno, de forma unánime, y muchos otros países del globo, condenaron y repudiaron el derrocamiento del presidente Zelaya, violentado por los militares, primero, y por el Congreso y la Corte Suprema, después. ¿Entonces cuál es el miedo a llamar las cosas por su nombre? A estas alturas del drama hondureño, el lenguaje parece de lo poco que queda en su lugar…
Yo no soy analista político ni internacional, ni mucho menos, pero desde mi silla veo color de hormiga el panorama para el presidente Zelaya. La Nación lo expone perfectamente en su editorial de este lunes:
“…el principal responsable de este grave y censurable golpe es el mismo presidente Zelaya. Los militares, los congresistas (incluidos los de su propio partido, el Liberal) y los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, fueron sus ejecutores, pero su instigador y culpable original fue el mandatario destituido. La víctima fue también el victimario…
Y allá en Tegucigalpa, en una sesión circense, el Congreso Hondureño proclamaba como presidente a un payaso que espetó un discurso populista prometiéndole a Honduras los panes y los peces durante su gobierno que -como si alguien pudiera garantizarlo- durará acaso 5 meses. Aplausos de los presentes. Los dos principales periódicos del país se regodeaban de júbilo desde sus portadas, y en sus editoriales de este lunes, reparten lazos y flores, llamando a “la calma” y “la armonía”.
A la confabulación del poder político en Honduras, celebrado como porristas por la prensa, se suma -en contra del presidente- su aparente baja popularidad, los temores del pueblo hondureño (que yo compartiría), y la también aparente conformidad de los ciudadanos ante lo ocurrido este domingo. Aunque muchos insisten en que existe descontento e indignación, y se anuncian algunas reacciones adversas, no parece ser esa la actitud generalizada o mayoritaria.
Un día muy oscuro para la democracia en la región, y para la sensatez.
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|+| La foto es de rotorcito.





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