Room to move!

La Sala Constitucional abrió el corral. Tres días después una estampida de conductores malamansados invadía la vecinal San José por cada callejuela, atajo o vericueto. Testigos presenciales hablan de filas kilométricas de máquinas paradas en espera de algo. Miles, decenas de miles, quemaron nalga atrapados en medio del tráfico en pausa. La sonrisa de los necios, con la que 72 horas antes celebraban poder sacar el perol a quemar fósiles los 7 días de la semana, se convirtió entonces al rictus obligado: el del conductor encerrado en las calles ahora abiertas. Libertad de tránsito para que nadie pueda transitar.
Costa Rica no puede seguir posponiendo el caos dramático del transporte urbano. La restricción vehicular, que surgió como una iniciativa para ahorrar combustible, acabó convertida en una alternativa sensata ante un sistema vial colapsado. San José es una capital chaparra, pero obesa de carros, al borde del paro.
Los costarricenses no sólo deberíamos habituarnos a una restricción de ingreso a la capital. El exceso de vehículos al que hemos llegado, debería hacernos pensar en una restricción total, un “no circula” de 24 horas, por terminación de placa. Las autoridades deberían entonces ser implacables en la vigilancia para el acatamiento de la norma, y ese esfuerzo debe sostenerse en el tiempo, a diferencia de lo que ocurrió en los últimos meses de vigencia de la media-restricción.
Pero los ciudadanos “restringidos” tienen que tener alternativas para moverse. Nadie duda de que la medida más efectiva para disminuir la cantidad de vehículos particulares en las calles, es proveer un servicio decente de transporte público. Si tenemos transporte de calidad, puntual, seguro, rápido, muchos estaríamos dispuestos a migrar de nuestros carros, a los colectivos, aún sin medidas restrictivas de por medio.
El MOPT y el CONAVI han sido completamente ineficaces en lograr avances concretos en materia de transporte público. La habilitación del tren urbano, y el nuevo tren a Heredia, son parches –efectivos- pero parches al fin. Proyectos más ambiciosos, como las Interlíneas, siguen esperando a que bajen los jinetes.
Así el tránsito, oh libertad añorada que los Magistrados nos garantiza, acaba siendo una pesadilla imposible para quienes intentan circular por donde no circula nada.
|+| La foto es de AlDía



