¿Por qué Citi nos quiere ver la cara de idiotas?

Hace como 3 años, en un pasillo de Multiplaza, me ofrecieron una tarjeta de crédito Multipremios del entonces llamado Banco Uno y dije que sí. No me cobraron nada, llenaron el formulario por mí, en una hora me dieron el plástico, y además me podía ganar un carro, aromaterapia para un año, o fichas ilimitadas en Tukis… Que se yo.
Nunca usé la tarjeta, que se fue hundiendo en mi billetera hasta el olvido. Pero hará un mes un operador de telemercadeo del ahora Banco Citi (heredero de las tragedias de Aval/Banco Uno) me recordó su existencia y me informó que mi virginal tarjeta Multipremios, había vencido, que su sustituta estaba calientita y lista, y que necesitan coordinar una fecha para entregármela. Dije que no me interesaba renovarla, pero insistieron. E insistieron. E insistieron. En un plazo de dos semanas me llamaron una infinita cantidad de veces, hasta que -harto- dije el día y hora en que podían entregármela. Acepté por dos razones: porque recibir la tarjeta era la mejor manera de que dejaran de llamar, y porque en todas las ocasiones en las que conversé con algún representante de Citi, se me indicó con absoluta claridad que la renovación no implicaba costo ni cargo alguno. Repregunté, y reiteraron: no implicaba costo ni cargo alguno.
Finalmente me la dieron, firmé un recibido (créanme que me aseguré de leer cada coma en el papel), y nada más.
7 días después, recibí por email un estado de cuenta de parte de Citi en el que, por la tarjeta que nunca he usado, me cobraban “renovación anual”, “cargo por gestión de cobros”, e ¡intereses corrientes! Por un total de ¢36,233. Dicho de otro modo, abrirle la puerta al mensajero ¡tiene un precio de 36mil pesos!
Está de más decir que me hirvió la sangre. Si bien no es una cantidad despreciable para muchos de nosotros, ¢36mil tampoco es una fortuna, pero la indignación no se origina en el monto. La indignación nace del engaño. Del saber que se está tratando con empresas que ven al cliente, en principio, como una incauta víctima potencial. Y eso es despreciable.
Este lunes llamé a Citi, expuse el caso. Pedí que me eliminaran el saldo, y el cierre inmediato de mi cuenta. Me transfirieron al Departamento de Retenciones, me atendieron con absoluta amabilidad y sin contra argumentarme nada me informaron que procederían de inmediato a retirar todos los pendientes de la cuenta. Me pidieron mantenerme en línea y confirmar el recibido de un nuevo estado de cuenta, que muestra todos los saldos en cero.
Agradecí la inmediatez en la resolución, pero mi indignación no hizo más que aumentar, porque tenía razón: El que Citi haya procedido de esa manera es señal clara de que el cobro fue indebido en todo momento, pues se trata de cobrarle a un cliente un servicio que en múltiples ocasiones se ofreció como gratuito. ¿Por qué lo cobran entonces? ¿Qué explicación racional podríamos encontrar? Pensé de en los cientos de clientes de Citi que, incautos o desinformados, asumen saldos injustos y realizan pagos a los que no están obligados de ninguna forma. ¿Por qué engañar a la gente, o tratar de hacerlo? ¿Para qué adoptar prácticas tan reprochables, en un negocio deporsí jugoso?
No se explica, pero se resume en una palabra: trampa.
Y en todo lo que significa.




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