¿De qué se asusta Costa Rica?

La tranquilidad de medio país amaneció baleada este miércoles cuando, en frío, los ticos pudimos apreciar las dimensiones de uno de los incidentes de violencia más alarmantes que hemos visto en años. La tarde y noche del martes, integrantes de la que según las autoridades es una banda de jamaiquinos, se enfrentaron con la policía local y el Organismo de Investigación Judicial (OIJ) en una balacera con más pinta de guerrilla urbana, que de resistencia al arresto. Un agente fue asesinado, y otro agente, dos ciudadanos, y un sospechoso, resultaron heridos.
La Costa Rica en la que creció su tata, no va más.
El discurso xenófobo y estereotipador de un sector de la población que sigue poniéndole parches a un ideal nacionalista que se desinfla, no se hizo esperar. Así, la añoranza de una Costa Rica oasis de paz, que desapareció hace años, se ensaña contra el extranjero, como quien busca echarle a alguien el saco para quitárselo de encima. Tamaña ironía en un país que tiene al turismo como principal fuente de ingresos. Es decir, los extranjeros nos sirven para dos cosas: a unos les sacamos el billete, y otros nos expían los pecados. ¡Arrecho que es el tico!
¿Qué es lo que causa tanta extrañeza entre los costarricenses? Sí, duele ver que la leyenda de que La Negrita nos libraba de todos los males -como cuando espantó al huracán Juana y se los echó a los nicas- se desvanece, pero lo que estamos viviendo es solo la evolución tan triste como natural del proceso de putrefacción de la seguridad ciudadana. Lo deja clarísimo el informe Estado de la Nación, que se publicó el mismo martes:
“La aspiración de contar con un entorno de seguridad humana propicio para el aprovechamiento de las oportunidades se alejó notablemente en el 2008, como lo muestran el significativo aumento de la tasa de homicidios por cien mil habitantes, que pasó de 8,0 en 2007 a 11,1 (…) Sin embargo, el 2008 fue solo una etapa más en un largo período de deterioro en esta aspiración. Mientras en 1997 un 15% de los hogares del país reportaba menos un evento de victimización, 11 años después la cifra se duplicó. Además, en los casos reportados es cada vez más frecuente el uso de la agresión, al tiempo que se reduce la proporción de las víctimas que deciden denunciar este tipo de hechos.”
¿Adónde habíamos visto esto antes?
Hace casi exactamente un año, Costa Rica estaba igual de escandalizada. En octubre de 2008, 3 jóvenes fueron secuestradas, violadas y una de ellas asesinada, en uno de los críemenes más animales que podamos recordar aquí. Los culpables: malvivientes costarricenses, nacidos en este vergel bello de aromas y flores. Ticos hijos de ticos. Curiosamente las muchachas fueron abordadas muy cerca de donde este martes tronaron las balas, en el próspero cantón de Escazú. Una historia que vuelve sobre sí misma, como para recordarnos con ironía que pasa y pasa y no pasa nada.
En ese momento postié esto en el Fusil:
“…la capacidad de asombro de los costarricenses ultimanente es puesta a prueba cada 15 días. Todo el mundo comenta el último suceso, con alarma, y volvemos a lo nuestro. Las estadísticas y los estudios académicos, uno tras otro respaldan lo cierto: la escalada de violencia es real (…) La situación se ve color de hormiga, y estoy seguro de que somos muchos quienes tenemos la sensación de que estamos al borde de un punto crítico (y tal vez de no retorno): cuando la gente, harta de números y de sangre, tome irracionalmente la justicia en sus manos (México, Guatemala, ¿alguien?)”
¿Al borde del barranco, o en caída libre?
Increíblemente todavía nos queda capacidad de asombro, e incidentes como el de esta semana nos siguen parando el pelo, y nos recuerdan que el país de paz repleto de solo gente buena se fue por el agujero. ¿Dónde está ese punto de no retorno? ¿Qué tan lejos estamos hoy? Mucho menos que hace 12 meses, no nos quepa duda. ¿Queda tiempo y espacio para rescatar lo que el Estado de la Nación llama “entorno de seguridad humana”?
No hablemos de retórica politiquera y oportunista de manos firmes que antes limpiaban caños y ahora prometen perseguir malandrines; hablemos de acciones concretas, del cómo. No caigamos en la trampa de buscar culpables entre los inmigrantes, generalizando la carga derivada de hechos puntuales. No aplaudamos la demagogia de quienes salen con soluciones absurdas (y siempre reactivas) al calor del reclamo popular. No finjamos inquietud, cuando el interés nos dura 24 horas, una vez al año.
Un esfuerzo en procura de una solución decidida e integral para la crisis de inseguridad ciudadana era improrrogable hace un año, y hace 3. Hoy es, literalmente, cuestión de vida o muerte.





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