Elecciones 2010: el dijo, ella dijo

Nada nuevo: Otto Guevara es una tarabilla, un pico de oro -elemental en un dandy- que al parecer solo se queda calladito cuando de plata se trata. Un silencio que solo sirve para alimentar la suspicacia en torno al misterio: ¿De dónde y cómo se está financiando su multimillonaria campaña? Sepa Judas, porque Otto está haciendo desde ya las de Óscar: barrer la basura debajo de la alfombra y fingir demencia. En La Nación deberían ir haciendo machotes de recursos de amparo. Si a los presidentes Arias hubo que sacarles la información pública con cuchara, con Otto de presidente habrá que recurrir a la maniobra de Heimlich.
A Otto calladito es como lo quiere Laura, y para conseguirlo le mandó un estate quieto; un plato volador de un lado al otro de la sala. Demanda penal por difamación y calumnia en época electoral: nefasto augurio. La discusión de ideas, la ventilación de críticas y señalamientos, y la rendición de cuentas, son parte vital del juego electoral, y condiciones tácitas que aceptan los que ponen sus pies en la cancha. Como candidata a la Presidencia de la República, la alergia al golpe mediático que se nota en Chichilla, es inquietante. Una vez más: ¿Qué va a pasar si resulta electa? ¿Tendremos que esperar berrinches al estilo de Rodrigo, contra la prensa crítica, contra los adversarios políticos? ¿Podrán convivir la auto-victimización, con la transparencia y la rendición de cuentas?
Todo parece indicar que doña Laura entró en furia sacra por los cuestionamientos lanzados por los libertarios sobre la forma en que la candidata habría adquirido su casa en Santa Ana. Es la segunda vez que Chinchilla se esponja. Ya se le vio con cara de pocos amigos 24 horas después de que el PAC pusiera al aire el spot en el que la presenta como una marioneta de cachetes rosados.
A diferencia de las hondas dudas que existen en torno al financiamiento de Otto, el cuestionamiento contra Laura por su casa, es una idiotez. Es el tipo de denuncia de pacotilla de quien ya no tiene palabras de cosecha propia que ofrecer. Pero los liberacionistas metieron la pata en la trampa, otra vez. Nadie le había puesto atención a esa majadería, hasta que rebotó por todo lado la noticia de la demanda penal.
Gol de Otto, por autogol. En la guerra, como en el amor, nadie sabe para quién trabaja.


