Otro muerto

Este domingo, un imbécil conduciendo borracho -¡a las 7 am!- arrolló y mató a Christopher Lang, un odontólogo, triatlonista y padre de familia, de 31 años de edad. Con sobrada razón, la noticia nos tiene a todos con un nudo en la garganta, especialmente después de sacar de entre las letras de este texto, la indignación, la impotencia y el dolor de uno de sus amigos, que pega un grito porque esta vez le tocó a él. Un grito que en medio del panorama actual parece solo otra patada de ahogado.
Podríamos pensar que el borracho asesino de esta historia es un inadaptado; yo no creo que sea así. Probablemente es todo lo contrario. Este borracho es uno más. Otro, plenamente adaptado a una cultura nefasta de irresponsabilidad llevada al más dramático extremo: el que cuenta su saldo en vidas humanas.
Hoy, como muchas veces antes, fingimos que el dolor ajeno nos conmueve y nos indigna. Mentimos. Hemos construido un aparato gigantesco que estimula la conducta asesina de conducir ebrio, y tolera sus consecuencias. El tema de la borrachera antes de subirse al carro da para chistes recurrentes en bares, cantinas y tomatingas, y creemos que con un “¿estás bien para manejar?” cumplimos con haber “hecho algo”. No hacemos nada. Cuando se trata del borracho perdonamos y olvidamos. A abogados, a picones, a gerentes, a diputados, a cancilleres, a hijos de vecino. Manejar borracho se vale y una disculpa es suficiente.
Cada vez que esta historia repite, vuelvo a la pesadilla vivida por Paola Arana. El 12 de octubre de 2005 un borracho la atropelló junto a su amiga Ingrid Meoño. A Ingrid la mató, a Paola le amputó una pierna prensada entre los dos carros. Ese día, la fiesta de un animal, le cambió la vida para siempre. Paola, como Christopher, tenía 31 años al momento del ataque (que de accidente no tiene nada). No es posible que como resignación solo nos quede pensar que “tuvo suerte” porque no está muerta.
Al asesino de Meoño y mutilador de Arana, lo volvieron a detener manejando borracho, sin licencia, varias semanas después de la tragedia. Esa es la “segunda oportunidad” de la que hablan los majes y las tarambanas que pusimos como diputados, y que hace una semana eliminaron la pena cárcel para quien conduzca borracho sin ser reincidente, de la Reforma a la Ley de Tránsito. “Segunda oportunidad” para el que tenga “la suerte” de quedar vivo, que -oh maldita ironía- suele ser el asesino.
Entonces ¿Para qué más ejemplos? ¿Para qué nos estremecemos hasta la médula leyendo la indignación del doctor Marco Vargas, publicada en forma de artículo la semana pasada? Toleramos, olvidamos, perdonamos.
Este jueves iré a pararme junto a estas personas frente a la Asamblea Legislativa. Por mi parte a expresar la vergüenza que me producen los legisladores aguasmiadas que han cedido a la presión del status quo: el de la alcahuetería, la indiferencia y la más macabra tolerancia. Voy a ir a que alguien me explique cuáles son los intereses que defienden los diputados que impulsaron subir la cantidad mínima de alcohol en la sangre, y eliminar la cárcel para los borrachos que conducen. ¿A quién le sirven? ¿Quién le está pagando la orquesta a los pelafustanes? El que planea un crimen es tan asesino como el que lo ejecuta y nuestros diputados, de forma eficiente, han consolidado las condiciones para que los borrachos sigan matando. Nosotros como hasta ahora, podemos seguir fingiendo que nos duele. Porque cuando a uno algo le duele, algo hace. Y este -hablan los hechos- no ha sido el caso. 
|+| Dos reportajes en video que hice en 2008 sobre este tema: “Guerra eterna, borrachos al volante” y “Guerra eterna, sobrevivir“. Dos años después y siguen vigentes.
|+| Grupo: Cero tolerancia a conductores ebrios en Costa Rica.




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