El falo azul

“¡Pero precisamente de aquello
que no se puede hablar hay que hablar,
hundir la lengua en lo invisible
convirtiendo las palabras en espejo…”
Alejandro Jodorowsky
Caminábamos en fila india por el zoológico.
De repente, los niños que venían adelante de mí se alborotaron y todos nos pegamos al alambre como si estuviera imantado. Debí abrirme paso a codazos para ver aquello: adentro de la jaula un burro se montaba una yegua. El burro tenía la cabeza apuntando al cielo y le aullaba a las nubes. Y, entre las patas, grueso y curvo, le crecía un garrote de carne. Yo nunca había visto un falo tan grande. Aclaro: nunca había visto un falo.
En ese momento las maestras comenzaron unos desesperados intentos de evacuación.
—¡Chicos… por acá… por acá! —gritaba la señorita Gisella señalando un camino de piedras.
La ignoramos.¿No se daba cuenta que estábamos viendo lo mejor de nuestras vidas? Yo gritaba eufórica, recuerdo. La cara de la yegua me dolía a mí. Eso era inadmisible para cualquiera. Aparte, de color azul. ¿Podía ser cierto? ¿Existían los falos azules? No llevaba cámara. Pero en alguno de esos reencuentros de viejos ex compañeros gordos esa foto todavía se muestra.
Al rato, cuando el burro se puso a eyacular con su manguera enloquecida, la señorita Gisella se nos colocó enfrente como una cerca y nos comenzó a arrear, ahora sí, decidida.
—Vamos a ver a las ovejas —decía ya de mal humor—. ¡Para allá… caminen…!
Karina, la maestra del otro grado nos colocó de nuevo en fila y nos dio a cada uno una bolsita de alimento con olor a aserrín.
—Las ovejas son mamíferos… —explicaba la señorita Gisella que, a juzgar por aquella cara, no había visto el falo azul ni remotamente.
Durante el almuerzo, nos llevaron a unas húmedas mesas de madera al aire libre. Yo abrí mi tupper y saqué un sándwich destramado. Pero no podía comer. No tenía hambre. Tenía un burro incrustado en la mente. Y una yegua adolorida. Y un manguerazo de leche. Tenía una asfixia de incertidumbre.
Me acerqué a la señorita Gisella y le toqué el hombro.
—Señorita, ¿por qué cuando el burro…?
Ella me miró ofendida.
—¡No vinimos acá para ver eso!—me dijo, y siguió descascarando su huevo duro.
“¿Entonces para ver qué habíamos venido?” (la pregunta me zumbó largo rato). Volví enojada a mi banca. Pensé en la maestra. En su oveja mamífera. ¿Era tonta la señorita Gisella? Con el tiempo me di cuenta que no, que no era tonta. Pero eso lo entendí con los años. De adulta casi. Cuando me inyectaron la mojigatería y dejé de hablar de falos azules. Cuando empezaron a horrorizarme las preguntas. Cuando aprendí que las lecciones de educación sexual en Latinoamérica las dan los burros. No las maestras. 
|+| La ilustración original es de Diego Arias.




