Perros y gatos

En mi familia materna el matrimonio es una anomalía. Hay matrimonios por aquí y por allá perdidos en la memoria, pero lo normal es que la gente tenga hijos, se junte, se separe, se vuelva a juntar y tenga más hijos, o no tenga ninguno, sin ningún orden ni obligación en particular ni con una persona específica. Casarse es lo raro. Somos una sola tribu que, dado su carácter escaso, ama los casamientos y sus respectivas fiestas.
Mi abuela, que amaba las fiestas, fue una de las que se casó. Los detalles sin embargo no están claros, no sabemos cómo pasó que un muchacho de familia educada de Liberia terminó con una muchacha pobre de Juan Viñas. Mi mamá también se casó: tengo prueba documental en forma de fotos de mi papá vistiendo el velo de la novia y besando a mi padrino para las cámaras. Yo, un par de primas y un primo nos hemos casado (con otras personas, entiéndase), entre un número superior a las dos docenas, y siempre para sorpresa de la tribu en cuestión.
Eso si, todos hemos sido beneficiados por las uniones de hecho. Gracias a esa es que no se han perdido custodias y casitas, no se ha atropellado a más mujeres de las que ya se han quedado debajo de las ruedas de sus romances tormentosos, y la familia sigue ahí, viéndose a si misma como una sola. Como no tenemos plata, los daños patrimoniales han sido mínimos, pero las visitas al hospital han sido múltiples.
Crecí rodeada de amigos de papás divorciados, separados, vueltos a juntar. Había gente que creció con su abuela, o con un familiar temporalmente en otro país, otros que vivían en San José con una tía, alguno que otro adoptado, un montón vivían sólo con la mamá, alguno que otro con el papá, otros en una sola canasta de hermanos y primos. Nada de eso era extraño, todas esas eran consideradas familias comunes y corrientes. Gatos y perros, viviendo juntos! De seguro por eso cuando conocí a la primera pareja gay ni me di cuenta. Cuando me explicaron me pareció más o menos aburrido, como todo lo de los adultos. Me encogí de hombros y seguí jugando.
Por eso no entiendo cómo es que hay gente que quisiera que no existieran algunas de mis familias favoritas. Por ejemplo, mis amigas V y M tienen una unión civil en esteroides, aunque la ley no se los permita en Costa Rica. Todos las jodemos con que se casaron el día que pidieron ese préstamo enorme para construirse una casa juntas, no sabemos ni cómo. Sueño con el día en que tengan cinco hijos y se tengan que comprar un bus para andarlos todos. Pero si alguna se enfermara, la otra no podría ir a visitarla al hospital. Si una quedara desempleada, la otra no la podría asegurar. Si tuvieran los cinco hijos, la otra no los podría adoptar. Si una se volviera loca y se gastara todos los ahorros, la otra no tiene recurso alguno. Todas aguantamos la respiración para que no pase nada malo, para que sigamos siendo jóvenes, saludables y felices, libres de toda catástrofe legal.
Quizás yo eso lo pienso porque vivo en la ciudad más gay de todas las ciudades, San Francisco, donde a veces sospecho que se habla mucho menos de sexo homosexual que en Costa Rica. En mi ciudad ya casi no hay bares gay, porque se puede ser gay en todos los bares. Las uniones de hecho entre personas del mismo sexo llevan doce años de ser exactamente iguales a las heterosexuales, para perjuicio de exactamente nadie. Nadie es despedido de su trabajo por ser gay, a nadie se le destruye la carrera política por ser gay, y la inseminación artificial y las adopciones de parejas gay son cosa de la vida privada de amigos y familiares, pero son cosa de todos los días.
Scott y Milton viven al otro lado de la colina. Llevan 30 años de vivir juntos, y se han casado dos veces, las veces que ha sido legal en la ciudad de San Francisco. Tienen los papelillos enmarcados orgullosamente en la pared, entre fotos de sobrinos y nietos, y las fotos de cuando marcharon con Harvey Milk por las calles reclamando sus derechos. A pesar de que su matrimonio está en un limbo legal, Milton y Scott están tan casados que aburren. A veces me parecen mucho más casados que mis papás. No puedo esperar a que la cosa sea legal otra vez para que me inviten a su tercer casamiento, con su respectiva fiesta.
Así como ellos, mi barrio está lleno de parejas de mujeres con niños, de muchachos guapos que van de la mano llevando cochecitos, de señoras que compran yogurt y papas y se dan un besito rápido en el supermercado. Hablamos de los perros y los gatos, de los hijos y las compras. No son diferentes a mis amigas y mis amigos en Costa Rica. Sus vidas no son panfletos buscando atención ni privilegios. No quieren nada especial más que sus derechos. Y no después, cuando mi abuelito de Liberia esté listo para aceptarlo, o cuando su vecino de Juan Viñas esté listo para explicarle a sus propios hijos, si no que ya. Hoy. No se merecen menos. 
|+| La ilustración original es de Diego Arias.






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