El hijo de dios es ilegal

—¡63!—grita la mujer de papada.
El Cíclope levanta su número, se acerca apresurado y, como si desplegara un mazo de naipes, apoya los papeles y las fotos sobre la mesa. Por fin podrá regularizar su situación en la tierra. La mujer saca un formulario de una bandeja, un rodillo del cajón del escritorio. Las pulseras chocan contra el vidrio de la mesa. Tric, tric, tric hacen.
—La derecha— le ordena sin volverlo a ver.
El Cíclope le entrega su mano floja. Ella lo agarra de la muñeca y le embadurna bruscamente los dedos con una tinta pegajosa. Después, seleccionándolos de a uno, los aprieta contra el formulario.
—La otra.
El Cíclope se supervisa la mano engrasada. Ella le alcanza un trapo oloroso mientras revisa inquisidoramente las fotos.
—¡Éstas no te sirven! —dice torciendo el labio.
El gigante encorva el cuerpo haciéndole una sombra de lluvia. Se siente tan incómodo que no sabe que hacer con los brazos, así que los cruza para fingir seguridad.
—¿Por? —pregunta.
Ella golpea la foto.
—¡Le falta el ojo!
—Lo que pasa es que sólo tengo uno y, como es de tres cuartos perfil, casi no se nota, pero ahí si se fija bien se le ve el bordecito…
—No veo nada—se acomoda los lentes.
El Cíclope saca otro sobre.
—Tengo éstas que son de frente.
—Tiene que ser tres cuartos perfil —niega y mira la hora. Luego le muestra la foto al del escritorio de atrás—. ¿Ves el ojo vos?
El hombre, deja de poner sellos, levanta la cabeza y milagrosamente, asiente. Entonces, ella continúa:
—¿Cíclope” es tu nombre o es tu apellido?
—Las dos cosas.
—No, no, no —se saca—. ¡O es tu nombre o es tu apellido!
—Me dicen “el Cíclope”.
—¿O sea que te llamás “El” y “Cíclope” viene a ser tu apellido?— lo mira por sobre los anteojos.
—Ahá.
—Bueno, deletréame tu nombre…
—E – ELE — abre bien grande la boca para que se entienda mejor.
—¿Así nomás como suena?— saca de un cajón una bolsa de galletas.
—Sí.
—Mh… ¿y el apellido como me dijiste?
—“Cíclope”
—¿De dónde es?
—Griego, señora.
—No se permiten apellidos extranjeros, te lo tengo que nacionalizar—le saca el acento, le agrega una zeta y pronuncia—: “Siclopez”.
—Es con “C ”—corrige respetuosamente el Cíclope.
La mujer señala los papeles con un nudillo.
—¡Acá, por ningún lado, figura tu fecha de nacimiento…!
Él, avergonzado, se acerca y le susurra.
—No tengo… me concibieron los Dioses.
—¡Mira… —ella alza la voz y lo mira por sobre los anteojos directamente al ojo— yo estoy muy ocupada… hay mucha gente detrás tuyo esperando… como para que me hagás perder el tiempo! —luego baja la vista, hace un bollo con el formulario y lo tira a la basura.
El Cíclope mira su anhelado trámite convertido en microbola y mira aquellos labios que se fruncen como una fresa en mal estado.
—¡El que sigue! —vuelve a gritar la mujer y cabecea para esquivar aquella mole que le tapa la visión y la fila.
Al fondo del largo y oscuro pasillo, un anciano se levanta de la silla feliz, y se acerca con el papelito rosa a lo alto como si se hubiera ganado algo en una rifa. En ese momento, el Cíclope agarra a la burócrata del trajecito, la levanta a la altura del techo y se la traga. Luego eructa la paciencia de varios siglos y desaparece de la oficina de migración.
El viejito vuelve a sentarse para que las rodillas o el alma le dejen de temblar. 
|+| La ilustración original es de Diego Arias.




