Ingredientes artificiales

Los ticos somos una especie exótica. En total somos menos de cinco millones, y yo vivo en un estado donde hay 36 millones de personas, entre ellos un montón de Mexicanos que ya a nadie le hacen gracia. Lo mismo pasaba en Montréal, donde los centroamericanos éramos todavía más raros, como loras estridentes. Ni qué decir en Sudáfrica, donde una vez me preguntaron a quemarropa exactamente de qué color era yo.
Pero gracias a las artes e inversiones del ICT, los buses tapados de verde y ruedas de carreta que me provocan convulsiones cognitivas, Costa Rica es ahora mundialmente conocida y admirada en diferentes calidades. Incontables ciudadanos del mundo han viajado a quemarse las nalgas a las costas del Pacífico Norte, a respirar el humo desconcertante de San José, a pescar peces y putas desde un yate en el Pacífico central, a ver nubes en donde se supone que está el Arenal y a fumar la carrasposa pero apacible cepa de marihuana que hace posible la vida en la costa del Caribe. Siendo así, en todas las reuniones que requieren tener una copa de vino en la mano me toca tener una conversación sobre la patria.
Mi conversación favorita es en la que yo, una mujer cafecilla y francamente enana, del tercer mundo, debo tener idea de cómo es la verdadera vida. Según mi interlocutor en esta conversa yo sé regatear en el mercado latino, sé defenderme en los peores barrios y he sobrevivido quién sabe qué calamidades socioeconómicas. Con otros interlocutores se supone que he lavado ropa en una piedra de río, he abierto una trocha con un machete, o sé distinguir una culebra de un sapo venenoso. Un tercer interlocutor piensa que pasé una niñez idílica surfeando en aguas calientitas y balancéandome en las ramas de los árboles con los monos. Rara vez tengo corazón para contarles de mi vida de niña nerda y urbana de clase media, con miedo a las alturas y a los bichos, que creció para andar en tacones y tomar whisky con dos hielitos, y no este Merlot mediocre que tengo en la mano, y nunca levantar una escoba en ocasión que no fuera de vida o muerte, o sea, para espantar un ratón.
Posiblemente la conversación que más me amarga es cuando llega alguien con el tema del ejército. “Es verdad que no tienen ejército y en vez de eso, lo invierten todo en educación?”. Me apena ser la que les apaga el puro contra el filo de mi aguevazón. Con mi sonrisa más educada en escuela pública me trago lo que queda de la copa y huyo a conseguir más. Ni qué decir cuando algún tarado me sale con que debe ser genial tener un presidente Nóbel de la Paz, o cuando alguien me cuenta emocionado que estuvo conversando con Figueres en una conferencia. Alguna que otra vez me da la conversación para rajar sobre la Caja, y ver a los gringos morir de la envidia y a veces, literalmente, morir de otras cosas. Una vez, recién llegada, me presentaron a un muchacho que me dijo: “lo sentimos mucho por lo del CAFTA” y yo le dije: ”nosotros somos los brutos que lo aprobamos”. Chocamos las copas y quedamos en paz.
En otros países algunos se acuerdan de Costa Rica porque una vez fueron la sorpresa del Mundial de Italia 90. Créanme, les digo, los costarricenses no sólo se acuerdan, sino que sangran por los ojos de la nostalgia. Después de esta conversación la mitad de los europeos se va creyendo que soy de Camerún. Esta vez durante el mundial al menos una docena de gringos me preguntaron si habíamos clasificado, y yo les tuve que decir que fue el equipo de los Estados Unidos el que nos pateó el culo al último minuto y sin ninguna necesidad. Trago Merlot, busco otro.
Las conversaciones más frecuentes sobre Costa Rica son las turísticas, las de gente que ha ido, o quiere ir, o no quiere volver nunca más. “Quiero ir a Costa Rica, pero a un lugar que no esté lleno de turistas, sino más auténtico”. Les recomiendo Nicaragua. Todo lo demás está plagado de gente buscando “lo auténtico”, haciendo mala cara cuando ven que tenemos Denny’s y TGIF y WalMart y otras joyas culturales que los gringos han sido tan amables de exportar. Lo auténtico no existe, o da diarrea.
Los que se creen muy sabrosos me dicen: “Queremos iniciar una colonia de hackers en una finca frente al mar” Buena suerte corazón. Otros, los buenos, dicen: “Queremos ir a ser voluntarios a una comunidad unos días y luego ir a pasear”. Les recomiendo que hagan lo que hacemos los ticos: que lleven plata, paguen un hotelito barato y se emborrachen en una hamaca frente al mar. No se jodan desperdiciando su buena voluntad, que ya para eso tenemos estudiantes de la UCR. Si insisten en pasar diez días paleando en una granja orgánica, les recomiendo a unos gringos que tienen una lindísima cerca de la playa, donde pueden ir a trabajar por sólo cien dólares la noche. Alguien quiere otra copa?
A mi me encanta hablar de Costa Rica. Cuento muchas historias de gente que no sale en las noticias internacionales, de mi familia y mis amigos que no viven cerca de playas ni volcanes ni surfean ni exploran los rincones de selva tropical. He popularizado entre incontables audiencias las expresiones “caí como un plátano” y “entre menos monos más bananos”, con sus respectivas traducciones. Pero me gusta sobre todo contar las cosas que son iguales a las de aquí, iguales a las de todo el mundo, con nacimientos, fiestas, libros, películas, platos de comida, música, tragos, cumpleaños y funerales. Me gusta hablar más de personas que de lugares, porque para mi la gente es lo que hace al país y no al revés. Además, a estas alturas de mi vida, haber nacido aquí o allá o en Bolivia o en Panamá me da exactamente lo mismo, porque en todo lado soy cafecilla, enana y del tercer mundo.
Ya van un par de veces en que alguien me pregunta: “Por qué te fuiste del paraíso?” Y por más que la busco la respuesta nunca aparece en el fondo de la copa. La respuesta no está en ninguna parte, y el paraíso tampoco. Salud. 
|+| La ilustración original es de Diego Arias.






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