
Mi problema, lo saben todos los que me conocen, es que yo me enamoro mucho. Y muy seguido.
Por ejemplo, me enamoré mucho en la escuela, largo y tendido. Casi siempre de una chiquita a la que no le importaba que yo fuera rara, que leyera, que le tuviera miedo a correr y a las alturas. Siempre me enamoré de alguna otra solitaria como yo, y la amaba como sólo una niña puede amar a otra. Salíamos en los recreos a darle vueltas infinitas a los pabellones. Yo no quería hablar con nadie más, me parecía absurdo tener más amigas, yo sólo la quería a ella y aunque el romance normalmente se acababa cuando alguna se cambiaba de escuela, atrás venía la otra. Por suerte siempre había otra chiquita loca.
El colegio era un campo minado para alguien como yo. Pasé años enamorándome de un montón de muchachos, unos de mejor calaña que otros, con el ritmo salvaje de la adolescencia. Lo bueno de este tiempo es que parecía que todo el mundo hacía lo mismo. Durante un tiempo estuve enamorada con dos compañeros de clase, no de ellos, sino con ellos. Estábamos enamorados los tres, como una unidad inseparable y feliz que fumaba Derbys en el parquecito y oía los Beatles en Super Radio. Después de que nos graduamos nunca más nos volvimos a ver, y me da miedo que nos encontremos ya con niños y parejas y nos de por agarrarnos a besos a plena luz del día.
Adulta ni hablar. A veces conozco a alguien cualquiera, una chica en una fiesta, y me enamoro de inmediato. La amo. Me gusta cómo se ríe, me gusta lo que tiene puesto, me imagino que vamos a ser amigas y contarnos secretos terribles y bailar borrachas en la sala de la casa y prestarnos los zapatos porque en mi imaginación enamorada, usamos el mismo número. A partir de entonces tengo que aplicar todas mis fuerzas en que no se me note, o al menos en no parecer una maniática que la va a secuestrar.
A veces me enamoro de toda tu familia. Si me invitás a almorzar un Domingo en tu casa, estoy perdida. Es posible que me enamore de tu mamá y de su picadillo de chayote, de tu papá y su colección de vasos de Coca Cola, de tu hermano menor que es mucho más guapo que vos, o de tu abuela que no me habla porque desconfía de mis tatuajes. Te preguntaré por ellos y sus aventuras, trataré de que me adopten, que al menos me inviten a un bautizo o que me lleven a pasear a Puntarenas, aunque vos no vayás (andá cagá).
Un día, en la sala de la casa de mi mamá, le dije: creo que con este tipo del que estoy enamorada me voy a casar. Ahí mismo le dio un visible ataque de escepticismo. No porque dudara de la profundidad y el abandono de mi enamoramiento, sino que dudaba de mi capacidad de dejar de enamorarme de otros en igual medida. “No hace falta” le dije “es imposible”. Y era verdad. Ahora cuando me enamoro corro a contarle a mi marido. Èl me toca la cabeza como si yo tuviera cuatro años y le estuviera enseñando mi dibujo de un perro.
Me paso la vida secretamente enamorada de gente que escribe cosas increíbles, de gente que apenas conozco pero de quienes sospecho, y de gente inexistente que fue un personaje de la tele o de un libro de Paul Auster. Pero esos amores son leves, como musiquita de fondo. En cambio tengo otros intensos, desastrosos, apasionantes. Algunos silenciosos, algunos a los que tengo hartos de decirles que los amo, como una lora, en cada oportunidad.
Muy de vez en cuando se me juntan casi todos, la docena de amores de mi vida, y un par de amigos de ellos de los que me acabo de enamorar. Tomamos cerveza, comemos carne asada, hablamos a gritos, bailamos cuando no hay que bailar. Quiero pedirles que se queden, que me dejen suspirar por ellos en las noches. Quiéranme como yo los quiero. Amémonos sin tocarnos hasta que se enciendan los pájaros afuera. 

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