A “La Buca” se le armó la gorda por acto de discriminación

La noche del miércoles, una pareja de dos hombres y sus amigas, fueron “invitados a salir” por el administrador del bar La Buca, del restaurante Il Pomodoro (San Pedro), que consideró “que su conducta era inapropiada” para el lugar. El pecado: que los dos muchachos se abrazaron y besaron en la mejilla. Así lo relató este jueves una amiga de los jóvenes quien también se encontraba en el bar (FB) y presenció lo sucedido. El texto –publicado en Facebook- reventó como pólvora en esa red social y por medio de Twitter.
“Pagué mi cuenta (20 mil colones) y no volveré más. ¿No le sirve el dinero gay? Pues mi dinero heterosexual tampoco le servirá nunca más”, escribió Natalia, autora de la denuncia.
La gerente del local salió al paso del remolino la mañana de este jueves. Ella asegura que los muchachos “se estaban besando continuamente” y que “los clientes estaban todos enojados”. “En un lugar público donde hay toda clase de gente, no se puede dar un espectáculo de este tipo”, dijo al sitio AmeliaRueda.com
Los testigos y supuestos afectados por el incidente, no tardaron en desmentir en línea las declaraciones de la gerente de Il Pomodoro. “Yo era otra cliente en otra mesa de La Buca y nadie estaba enojado”, aseguró @natisol, por medio de Twitter.
Mientras tanto, decenas de usuarios inundaron el muro del perfil oficial de La Buca en Facebook con quejas y la amenaza de boicotear al local. El administrador del perfil optó por hacer lo que hacen las empresas cobardes ante crisis que no tienen la menor idea de cómo manejar asertivamente: bloqueó el muro y eliminó todos los comentarios.
A mi me gusta La Buca y es un lugar al que iba con alguna frecuencia. La atención siempre me ha parecido mediocre, pero era un buen lugar para tomarse algo y conversar. Recuerdo que en una ocasión, hace algunos años, no nos permitieron entrar porque uno de mis amigos tenía puesta una gorra (!) Por más que a todos nos pareció estúpida la “disposición”, siempre he creído que los bares tienen derecho a poner reglas, a reservarse el derecho de admisión, en fin, a ser lugares de tercer mundo por voluntad propia. Los clientes sabremos si aceptamos o no las condiciones. Entre esas medidas bien puede estar el prohibir “las escenas empalagosas” (no confundir con “amorosas). Lo que no puede ser, desde ningún punto de vista, es que las reglas de un local apliquen para un tipo de cliente, pero no para otro. Esa es, en sí misma, la definición de discriminación. No solo ocurre cuando un bar reprime en una pareja gay comportamientos que se toleran en una straight; ocurre cuando se le permite el ingreso a un blanco, pero se le prohíbe al negro, o cuando las flacas y las de plástico pasan directo mientras a “las gordas” la devuelven para su casa.
También estoy convencido de que no todos los locales son para todos los clientes, y esa es la esencia de la segmentación: reunir a gente con determinadas características en común para procurarles “comodidad”. Partiendo de esa realidad, es cierto que forzar una situación en un ambiente que se sabe hostil, sería un acto deliberado de provocación. Sin embargo no parece que ese sea el caso de lo ocurrido este miércoles en La Buca, “un ambiente diferente”.
Así, está claro que los bares y restaurantes están en su derecho de poner reglas, e incluso de tener políticas de mierda. Nosotros, como clientes, tenemos el sagrado derecho de despreciarlos. 






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