
Pero me antojé muy tarde. No me uní al frenesí temprano de quienes mataron por un boleto, ni mucho menos me pasaría por la cabeza pagar precios de capricho a los parias de la reventa.
Pedí entonces una acreditación para poder ir a ver, y venir a contar aquí lo que viera, pero no se pudo. Supongo que la presencia de la pulga garantizaba la difusión deseada y no hacían faltan, esta vez, modestos ecos virtuales. Uno tiene que saber cuando el tonto útil, resulta inútil.
Pero la culpa es mía. Hice las cosas -diría alguno de esos que en la tele solo saben repetir clichés- como buen tico.
Pasado lo pasado y visto lo visto, nos pueden meter cualquier cuento. “Argentina es mucho más que Messi”, “aún sin el astro, sigue siendo una selección de primera”, dirán los intelecuales conformes del fútbol. Pero lo que vimos (la gran mayoría por tele) fue, para no intentar adornarlo, un equipo pura mierda.
Al borde de la gramilla, en el sillón de imitación de Porsche y bajo el techo de acrílico, el mejor del mundo se dedicó a hacer lo mismo que hizo la AFA con la Fedefutbol: bombitas de chicle.
Los miles de ilusos que sí compraron una entrada confiando en lo anunciado, se vengaron como pudieron: con modestos abucheos que no les depararon un reembolso, ni mucho menos consuelo.
Yo quería ver jugar al astro aquí, y guardarme para el recuerdo un ratito de euforia deportiva tercermundista. A veces sale bien hacer las cosas como buen tico. Si hubiera actuado con previsión, como mal tico, hoy habría amanecido llanamente estafado.
Cuidado en lugar de Shakira, les recetan Shakiro. 
