
El gran protagonista de la jornada de este 1ero de mayo en la Asamblea Legislativa -además del ridículo- fue el miedo. La congoja impensable de perder poder, o de no hacerse con él, llevo tanto al oficialismo como a las fracciones opositoras a escribir una página negra, patética y absurda en la historia de la democracia tica. Hoy deberían ser muchos los avergonzados.
Los liberacionistas la han pasado mal desde hace días; particularmente la última semana. Los diputados oficialistas y quienes comparten sus intereses andaban más incómodos que una monja en tanga. Las fracciones de oposición habían conseguido concretar un acuerdo; 31 votos que les aseguraban la elección de un Directorio de oposición, presidido por el diputado del PAC Juan Carlos Mendoza. Las voces de alarma no se hicieron esperar y la reacción fue la típica de quien tiene miedo: esparcirlo. Como jinetes apocalípticos, los agoreros anunciaron el fin de los tiempos conocidos si el Directorio no quedaba en manos del oficialismo. “…la alianza opositora (…) asumirá una grave responsabilidad cuyos costos son hoy inestimables”, publicó La Nación en un primer editorial la semana pasada. “El peligro de la victoria”, tituló el periódico hace 3 días, en un segundo editorial sobre el tema, mucho menos sutil y mucho más nervioso. Otros sacaron del baúl al fantasma de la ingobernabilidad y lo pasearon por los pasillos de Cuesta de Moras como a un cadejo arrastrando cadenas de calamidad. “La amenaza se cierne sobre la Asamblea Legislativa”, dijo la Presidenta Chinchilla, seguramente al borde de un ataque de nervios.
Bajo ese panorama amaneció el domingo. Se vislumbraba una votación agitada, pero ni la mente más inspirada habría logrado anticipar el nivel de realismo mágico que alcanzarían los acontecimientos en el primer Poder de la República.
Durante las primeras horas de la mañana y en medio de un total desorden, los papás y mamás de la patria discutieron, gritaron y empujaron sus alternativas para la votación. Los liberacionistas querían una votación secreta; toda una innovación. Los rumores de segundas intenciones le daban el sentido del que carecía en la superficie: al menos 3 diputados del bloque opositor quebrarían su compromiso para apoyar la reelección al frente del Directorio de Luis Gerardo Villanueva.
En otro rincón del Plenario, los diputados de oposición querían que se votara en las curules, como de costumbre, pero propusieron todo tipo de ideas preescolares: votar con tintas de distintos de colores, que los asesores supervisaran los votos, etc. Un circo de controles absurdos para asegurarse los votos de los que en todo momento afirmaron sentirse seguros.
El desmadre era tal, que los diputados del PAC, Movimiento Libertario, PUSC y PASE abandonaron el plenario. Los liberacionistas se frotaron las manos, votaron en un carrerón, y poco después de las 11am la Presidenta interina del Congreso, Annie Saborío, declaraba electo a Villanueva en la Presidencia del Directorio. Y se despichó tere.
La votación, sin cuórum, provocó ira sacra. Concertados, los diputados opositores pegaron el grito: “¡Golpe de estado institucional!”. Si alguien piensa que no es único ver a diputados libertarios lanzando consignas afuera de la Asamblea hombro a hombro con los partidos “de izquierda”, frente a la marcha de trabajadores y sindicalistas, no sé en qué país vive.
Después del medio día y acorralado por las circunstancias, Luis Gerardo Villanueva anunció que declinaría el nombramiento para que pudiera repetirse la votación, pero nunca aceptó que se hubiera cometido irregularidad. “Todo se hizo bien”, dijo. O como quien dice: “Todo esta tan bien hecho que mejor lo hacemos de nuevo”. “No puede renunciar, si la elección fue totalmente ilegítima”, contradecía Luis Fishman. Lleve la papa, lleve el plátano. A mil la coca.
Cualquier asomo de acuerdo había abandonado Cuesta de Moras, y ya no iba a volver. La discusión y el cruce de versiones se trasladó a los medios. La radio y la televisión se convirtieron en las nuevas tribunas desde las cuales diputados atarantados intentaron sacarle provecho al río revuelto. Las redes sociales ardían; estaba ya claro que el juicio de la opinión pública no dejaría cabeza en su lugar. La culpa saltaba de mano en mano como una papa caliente. ¡Fue teté! En Zapote, Laura Chinchilla seguramente bajaba a todos lo santos y nuevos beatos. ¿Ahora quién podría ayudarla?
Por la tarde, los opositores cumplieron con su amenaza: no volvieron al plenario. Sin cuórum, la Presidenta interina del Congreso acusó recibo del informe de labores del Poder Ejecutivo, pero Chinchilla no pudo leerlo ante los diputados y ante el país, un hecho histórico y sin precedentes para nuestras generaciones.
La Presidenta es una de las mayores perdedoras de la jornada. La actuación de la fracción liberacionista solo suma a un clima de confusión alimentado por la división interna de hace un par de semanas, el distanciamiento con la Presidencia, y la renuncia de Guillermo Zúñiga. Eso, sin contar la valiosa exposición mediática de logros que no pudo realizar, cuando precisamente se le critica al Ejecutivo su ineficacia para comunicarse hacia afuera.
Son muchos más los que saldrán golpeados de este mayo oscuro. La cínica disposición a la matráfula y el truco barato por parte del oficialismo, deja claro el peso que tiene dentro de la agenda liberacionista la concentración de poder, disfrazada de excusas como “gobernabilidad”. El que tenga ojos, que vea.
Del otro lado, a pesar de contar con diputados de peso y experiencia, los tarambanas del bloque opositor pecaron de inocentes, probablemente distraídos por el delirio paranoide que los invadió en las últimas horas. Parecen, y parecieron, nuevos.
Una lección de peso: es indispensable que los costarricenses podamos elegir a los diputados de forma directa, votando por nombres propios y no por listas construidas. En ese mismo sentido podremos pedir cuentas. La maltrecha reputación de nuestro Congreso agoniza. Es un tema impostergable.
Alka Seltzer para todos. 

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