Lo ocurrido este lunes con el perfil en Facebook de la diputada liberacionista María Ocampo Baltodano deja mucha tela que cortar, pero sobre todo, aporta importantes lecciones sobre el abordaje ligero que muchos políticos ticos han hecho de su participación en las redes sociales.
Luego del escándalo que acaparó la atención en Facebook y Twitter la mañana de hoy, la legisladora salió al paso de la avalancha con un argumento: “me hackearon mi cuenta”. Así lo manifestó en un comunicado de prensa, y se lo dijo a la periodista Amelia Rueda.
Resulta cuando menos curioso saber que no es la primera vez que la diputada asegura que alguien ha ingresado a su cuenta sin su consentimiento. Aún si asumimos como cierto su argumento, y partimos de que no fue ella ni sus asesores quienes escribieron los olvidables comentarios en su perfil, quedan preguntas en el aire. ¿Cómo es que una diputada en ejercicio pierde el control de tan valioso instrumento de comunicación, y no lo denuncia y comunica, antes de que explote un alboroto? Cuando perdemos nuestras cédulas, tarjetas bancarias, u otros bienes, sabemos que es importante interponer las denuncias del caso, para prevenir que se comentan irregularidades en nuestro nombre. ¿Por qué no actuar de la misma forma con una herramienta tan poderosa, especialmente en el caso de un funcionario de tan alto rango? Y si la excusa es que el perfil no está del todo bajo su control… ¿En qué cabeza cabe? Se me ocurre solo una respuesta: que no se le da al tema la importancia del caso, o ninguna.
No tiene sentido llover sobre mojado repitiendo, una vez más, los usos potenciales que tienen estas herramientas en línea para los políticos y gobernantes. Pero ya que no se explotan sus posibilidades, valdría la pena al menos que se observen cuidados elementales. Ejemplos como el de este lunes, demuestran que para muchos políticos las redes sociales siguen siendo elementos accesorios, de segundo orden, y seguramente informales, que no merecen mayores atenciones.
Según Unimer, ya existen en Costa Rica 811mil personas que acceden con frecuencia a redes sociales. La mayoría de los usuarios se ubica en el rango de 18 a 34 años. En las elecciones de 2010, ese segmento etáreo representaba el 42% de los votantes inscritos. Digámoslo de otra forma: las redes sociales son una plataforma directa para interactuar con un segmento decisivo -quizá el más- de quienes votamos cada 4 años; los datos son claros, y la evidencia está a la vista a diario.
Los políticos pueden despreciar el valor de las nuevas herramientas para la rendición de cuentas, la participación ciudadana, la transparencia y la comunicación horizontal. Su miopía podría justificarse en la distancia “natural” que los separa de las tecnologías. Que ignoren esta nueva realidad, incluso en el aspecto netamente político-electoral, es bastante absurdo; y como ya vimos, peligroso. 
