
Soy un fumador de los que ya casi no fuman, y me alegra que el Estado costarricense ponga el derecho colectivo a la salud por encima de mi derecho a podrirme por dentro.
Lo confieso: mi progresivo abandono del cigarro (fumo desde los 17 años) ha sido consecuencia de la presión social. No una presión activa por parte, digamos, de un grupo de amigos que te estimula a dejarlo; me refiero a una presión pasiva pero arrolladora, el fumar cigarros -hay que decirlo- se ha convertido en una práctica socialmente detestada. En mi caso particular, una suerte de llamado de atención: ya tenía claro que estaba consumiendo veneno, pero ahora además la gente me veía feo cuando lo hacía. Me cuento entre quienes siempre supimos que ellos tenían razón, y que en este caso particular es el individuo el que debe replegarse. Llevar su práctica, legal pero tóxica, al ámbito privado. Y permitir que quienes eligen no fumar respiren sin ahogarse.
Toca rendirse, resignarse, y salir, si así se quiere, a disfrutar del derecho individual, fundamental, humano y básico, a ser hediondo.
Desde que recuerdo he evitado fumar en restaurantes cuando hay otras personas cerca. Jamás fumo en presencia de carajillos. Y fumo en los bares por convención social, porque de alguna forma siguen siendo espacios “de tolerancia”.
Pero como los fumadores conscientes (o mínimamente considerados), somos una minoría dentro de la minoría que somos los fumadores todos, resulta indispensable que se regule por ley en cuáles lugares está permitido fumar, y se establezca en cuáles se prohíbe. Los sacrificados: unos pocos; los beneficiados: todos los demás.
De aprobarse en 2do debate, y si sobrevive al aplastante lobby de la industria tabacalera, aguanta el brazo musculoso de los empresarios restauranteros, y sortea lo que parece ser una inminente consulta constitucional, la “Ley General de Control del Tabaco y sus Efectos Nocivos en la Salud” (PDF) entraría a regir en Costa Rica en unas semanas. A partir de entonces será prohibido fumar en casi cualquier lugar, con excepción de las vías públicas, los espacios abiertos, y los espacios privados (como casas u oficinas).
Quienes la adversan (fumadores y empresarios) pronostican más o menos el fin del universo conocido. Lo mismo ocurrió en los primeros países que aprobaron legislaciones semejantes desde mediados de la década pasada, como Italia o Irlanda. También existen leyes “antitabaco” en Alemania, Noruega, Suiza o Grecia y en América Latina, Colombia, Guatemala, México, Ecuador, Uruguay y Argentina ya han legislado al respecto. ¿Adivinen? En todos esos países siguen existiendo los restaurantes, las sodas, los bares, los pubs, los clubes, los aeropuertos, los puteros y los cafés.
Los efectos: disminución (generalmente moderada) del número de nuevos fumadores, aumento del número de fumadores que dejan el cigarro, disminución (dramática) del número de personas que dicen estar expuestas involuntariamente al humo del cigarro, y pérdidas moderadas para el sector de bares y hoteles. ¿Apocalipsis? Ninguno. Solo un cambio en la dinámica social que pretende beneficiar a la mayoría en su derecho a disfrutar de un ambiente algo más saludable, y no morirse gratis por culpa de otro. ¿Qué, si no, es una evolución? 
