
La bandera idealista de que “cualquiera” pueda hacer cine en Costa Rica me emociona. La incursión del director Miguel Gómez en el medio con El cielo rojo en 2008, me emocionó. Me emocionó también el estreno de El Fin, su más reciente largometraje: es otra película hecha en Costa Rica donde -digan lo que digan- hacer un largo sigue siendo una rareza. Pero mi sensación al salir de la sala tras el estreno fue que a El fin es difícil salvarla de su propio apocalipsis. Sus debilidades de forma y fondo le caen encima, como meteoritos, al esfuerzo de sus creadores. A las buenas intenciones.
He leído a Miguel decir que El fin es la mejor de las 3 películas que ha producido hasta ahora. Pero tengo que decir que pienso exactamente lo contrario. El fin carece de la inocente genialidad que convirtió a El cielo rojo en un fenómeno sorpresivo (dijimos entonces que “no es una buena película; pero es una gran película”), y falla en el tino técnico al que consiguió acercarse con El Sanatorio.
Si bien para valorar la película hay que tomar en cuenta su contexto y la intención con la que se produjo (“ciencia ficción y fantasía“, o “cine de autor”), en el caso de El fin ninguno de esos aspectos parece claro. La intención de hacer cine absurdo se revela en todo su esplendor cuando el espectador descubre atónito quién interpreta al Presidente de Costa Rica, el resto son adornos, algunos ridículos, otros simpáticos. Pero el absurdo se pierde entre intentos de construir diálogos más o menos coherentes para amarrar una historia ausente. Retazos que se montan uno sobre otro en un atropellado viaje a ninguna parte. Cine clase B que no termina de serlo; con una intención indescifrable.
Al guión intencionalmente extravangante hay que sumarle gravísimos errores de continuidad y edición, una muy débil -casi desconcertante- construcción de personajes rematada por actuaciones desastrosas (quizá salvadas por la naturalidad de Kurt Dyer y la oportuna sobreactuación de Álvaro Marenco), y una banda de sonido casi inapreciable.
Cabría destacar el efectivo esfuerzo de comunicación que se ha hecho en torno a la película, aunque no sé si se haya generado entre el público la expectativa correcta. La gráfica de los créditos, y el afiche, son de primera.
La sensación final es la de un largometraje creado para poner en pantalla algunos chistes (varios sin duda hilarantes), decir carepicha cuantas veces dé tiempo (de El cielo rojo dijimos que cada putazo estaba bien puesto), y poner a sonar música nacional. “Cine al chile”, dice Miguel. ¡Pero no se puede apostar por el “chile” y descuidar el “cine”!
La que se impone en El fin es la fórmula que vimos del director en sus dos películas anteriores, y que en su momento disfrutamos. ¡Pero ya ha pasado mucha agua debajo del puente! El público ha visto varias producciones nacionales de buenísima calidad en los últimos años, lo que indiscutiblemente eleva el estándar con el que se juzga en las taquillas. Tal vez es el efecto de los 30s, pero a estas alturas a mi me suena a que la fórmula se repitió hasta agotarla. Así, El fin es una película sobre sí misma. 
|+| El Fin está en cartelera en Cinemark, Cinépolis, Cariari, San Pedro, Variedades, y Nova Cinemas.
