
No es el aterrizaje de Quetzalcoátl, ni el gran rapto, ni la segunda venida de Cristo, pero algunos sí se confundieron.
Este miércoles abre las puertas el primer local de Starbucks en Costa Rica. Es la concreción de un largo camino que se puede rastrear hasta las primeras expectativas, hace más de 2 años.
Desde entonces la cobertura periodística que ha recibido la llegada de la franquicia de cafeterías parece retratarnos como país. Pequeñitos, e hirviendo por mínimos asombros.
Igualmente vergonzosa es la intención de algunos de personificar en Starbucks una suerte de nueva amenaza neocolonialista. Otro gigante satélite del imperialismo. Alguien despiérteme, ¿en qué año estamos?
Polémicas ridículas aparte, cabe preguntarse: ¿Cuál es el impacto concreto que tiene, en la sociedad o en la economía costarricense, la apertura de Starbucks? ¿Cómo se justifica, editorialmente, la expectativa de años y la cobertura insistente? O ya de plano, como diríamos en Twitter: #aqpli, siglas de ¿a quién putas le importa? 