El oficio del extranjero

Ser de otro lugar siempre es complicado. Ser de la provincia en la capital o de la capital en la provincia. Ser del norte en el sur o del sur en el norte. Ser extranjero siempre es tener un pasado y un futuro ocultos por la bruma. Lidiar con papeles, autenticaciones y números kilométricos. Explicar claramente qué hay detrás del nombre y fumigar las sospechas con acciones. Nada fácil.

Pero eso, con el tiempo, me ha resultado menos problemático que ser una descendiente de emigrados. Un rejunte de nacionalidades desesperadas. Un árbol genealógico con las raíces todavía chorreando tierra. Porque ahí el mapa se borronea todavía más, y la imaginación se vuelve un lápiz que dibuja torpemente ese país de todas partes. Esa historia desmembrada.

Lo peor de ser nieta de migrantes es no saber exactamente qué fue lo que se perdió ni adónde recuperarlo. Si estará en esa paella que huele a distancia o en esos ñoquis que ya ni siquiera son de papa. Quizás por eso se abren a escondidas las valijas de principio de siglo con ropa apolillada o se ven fotos de un sin fin de desconocidos.

Quizás por eso se busca con curiosidad y desespero el camino de regreso, ese del ya no quedan migas; y se reconstruye en el silencio al que no contesta las preguntas, o se revive con palabras a un pariente sin cara.

Porque ser hija de migrantes es crecer creyendo que uno no es de dónde es y que pronto habrá que irse; y que un extraño vínculo con la nada con los años se vuelva un fornido cordón umbilical.

Acá muchos me dicen que perdí el acento. Que hablo como chilena, que parezco cubana, paraguaya o de Venezuela. Al parecer cualquier sitio me calza. Otros se asombran cuando les digo que soy argentina. O peor aún, que no soy porteña.
Y yo, como si fuera un crimen, confieso que vengo de un pueblo.
—¿De cuál? —se interesan los menos desilusionados con esta argentina camaleónica que no habla con eyes ni se persigna con la carne.
Y ahí la cosa se pone peor.

En primer lugar, porque demostrar que Argentina no es Buenos Aires es prácticamente imposible. No hay héroe nacional que lo haya logrado, ni político de turno que siquiera lo intente. Y en segundo lugar, porque encontrar mi pueblo tampoco es tan sencillo. Cada año se vuelve más traslúcido.

Pero si me insistieran y lo tuviera que localizar diría que es el mismo en el que jugaba mi abuela allá en Italia, bien al norte. Y el que décadas más tarde añoraría mi padre. Uno pegado a Bolivia. O tal vez alguien como mi madre lo recuerde a orillas del mar Mediterráneo. Pero yo juraría que se ubica en algún lugar en la frontera con Brasil y Paraguay. En fin… ese es el pueblo en el que pienso cuando me preguntan.
Uno del que prácticamente solo queda un barrio, una casa y un patio en el que jugaba una niña con un conejo que se llamaba Tato.



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Bonne Mère Mauricette versus Dame un beso, negro

1. Hay nombres con el atributo del ultrasonido, esa onda acústica que sólo pueden escuchar ciertos animales. Si uno dice en voz alta Camilo-José-Cela, en algún lugar se paran las orejas puntiagudas de un dóberman. Cela (1916-2002), ganador del Príncipe de Asturias de Letras en 1987, del Nobel de Literatura en 1989 y del Premio Cervantes en 1995 es un autor español de esos que se menciona en una mesa de bar y la noche termina con el camión de los bomberos a toda chancleta.

En mi opinión, fue conservador en política y sedicioso en su literatura. Aunque esto no lo comparte casi ningún español que conozco, buena parte del país lo detesta, entre otras cosas, por haberse parado bajo el alero de la derecha, por arrogante y por su agresivo culto a la personalidad. Todo eso es verdad. Pero es cierto también que en su obra hay una fuerza vertiginosa o una apuesta por la experimentación o una combinación de ambas difícil de negar. Un ensayo citado por Wikipedia dice que la fórmula infalible de Cela fue “una equilibrada aleación de humor, ternura, horror, desenfado verbal y léxico escatológico”. Carlos Pardo, un amigo español que me quiere un poco menos porque me gusta parte de la obra de CJC, me dice que “no hay que olvidar el envidiable truco ese (de Cela) de aspirar agua por el ano y luego dejarla caer”. No escribió para caer bien, para gustar. Y, por lo que cuenta Carlos, se ve que su personaje público tampoco pretendía eso.

Releí un par de veces Cristo versus Arizona (1988) –una novela con truco técnico: monólogo de una sola oración de 238 páginas–. Me imantó la pulsión primaria, elemental –casi biológica- y la desolación existencial –o pulverización antropológica– detrás de la voz de un narrador que no sabe si se llama Wendell Espana, Wendell Span o Wendell Aspen. El eje de la novela es el duelo del OK Corral en 1881 en Arizona, y
a lo largo del único párrafo de la novela aparecen cíclicamente decenas de personajes con nombres como Donovan Chato Jones, Chabela Paradise, Cam Coyote Gonsales o la muñeca inflable Jaqueline. Todos en medio del mundo salvaje y violento del oeste norteamericano, todos descritos por ese narrador primitivo, despiadado y sensible por partes iguales.

Copio unos pasajes, “en el rancho Providence hay mucho orden y sosiego, el dolor se sujeta a las piedras y no es escandaloso, es muy hondo y suave, muy resistente, al dolor sólo se lo puede llevar el viento soplando con monotonía durante largos años”; “a todos los hombres y mujeres les gusta revolcarse en saliva y después morir”; “Mrs O’Tralee sabe que el secreto de la felicidad es llevarla en secreto, la felicidad es un delicado suspiro que resiste el pregón y huye ante la palabra”; “Lo que más les gusta a los jefes de la comunidad y a sus familias es prestar a usura y asistir a las ejecuciones, la música de viento y los desfiles militares también tiene numerosos partidarios”; “nadie se debe librar jamás de ser insultado en público por lo menos una vez en la vida”; “es lástima que los hombres y las mujeres no tengan nada que decirse”.

Otro pasaje dice “se llama el beso negro y lo inventó Bonne Mère Mauricette, una madame de Napoleonville, cerca de Nueva Orleans”.

2. Hace unos días esperaba la entrega de unas ventanas en Vidrios Yuba, en Lourdes, frente al gimnasio Gym –si fuera dueño de un gimnasio tendría que robar ese nombre-. Dos colegas adelante en la fila opinaban sobre diversos temas. Siempre con una mano al fondo del bolsillo rascándose el paquete. Siempre con frases categóricas.

-Los automáticos son carros de hembra.
-Como las vannettes.

ó

-Lo mejor para sacarse la goma es tomarse una birra a mediodía.
-Pero prensada, de a parado y solo una.

Perdí el interés hasta oír que mencionaban al enano güicho. Paré la oreja como un dóberman y sintiéndome aludido pregunté de quién hablaban. Del ano bicho, me dice uno. Qué, pregunté de nuevo. Dos minutos después nos entendemos y me explican que lo que está de moda es el anal bleaching.

Ya con las ventanas en mano me vine directo a la casa y al oráculo contemporáneo de Google. Ni siquiera hay una entrada en castellano en Wikipedia para una moda de la que todavía no sé ni qué opinar. ¿Blanqueamiento anal? Tomá, Marqués de Sade. Tomá, Wendell Espana. Tomá, CJC.

Un tratamiento para decolorar la piel alrededor del ano. Hablemos claro: blanquear el ojete. ¿El ojo ciego del color de las nalgas? ¿Neutralizar el nudo de mortadela? ¿Es sólo para blancos o también para cholos y negros? De todas las interrogantes que se disparan a partir de este tema, me voy a enfocar en esta: ¿estamos presenciando la muerte de una práctica tan antigua como la humanidad: esa que los depravados llaman anilingus y la gente normal beso negro?

¿Qué pensaría Bonne Mère Mauricette de Napoleonville, Nueva Orleans? ¿Cómo se pide: quiero un Michael Jackson anal? Si esta moda se globaliza, ¿qué se dirá cuando llegue ese momento privado de todas las parejas o tríos o grupos del mundo? Lo más cercano, especulo, será algo como “dame un beso, negro”.

|+| La ilustración original es de Diego Arias.



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Enamorona

Mi problema, lo saben todos los que me conocen, es que yo me enamoro mucho. Y muy seguido.

Por ejemplo, me enamoré mucho en la escuela, largo y tendido. Casi siempre de una chiquita a la que no le importaba que yo fuera rara, que leyera, que le tuviera miedo a correr y a las alturas. Siempre me enamoré de alguna otra solitaria como yo, y la amaba como sólo una niña puede amar a otra. Salíamos en los recreos a darle vueltas infinitas a los pabellones. Yo no quería hablar con nadie más, me parecía absurdo tener más amigas, yo sólo la quería a ella y aunque el romance normalmente se acababa cuando alguna se cambiaba de escuela, atrás venía la otra. Por suerte siempre había otra chiquita loca.

El colegio era un campo minado para alguien como yo. Pasé años enamorándome de un montón de muchachos, unos de mejor calaña que otros, con el ritmo salvaje de la adolescencia. Lo bueno de este tiempo es que parecía que todo el mundo hacía lo mismo. Durante un tiempo estuve enamorada con dos compañeros de clase, no de ellos, sino con ellos. Estábamos enamorados los tres, como una unidad inseparable y feliz que fumaba Derbys en el parquecito y oía los Beatles en Super Radio. Después de que nos graduamos nunca más nos volvimos a ver, y me da miedo que nos encontremos ya con niños y parejas y nos de por agarrarnos a besos a plena luz del día.

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¿Dónde jugarán las niñas?

Aunque estuvieran desnudos todos me parecían iguales. Los conté: eran nueve. Sudaban y se movían como caballos asfixiados por enormes culebras, en una hilera que iba de un extremo a otro del escenario. Subían y bajaban lentamente, jadeando y frotándose la entrepierna al ritmo de la música, como si trataran de encontrar un objeto perdido en el fondo de su torrente sanguíneo.
La noche apenas empezaba pero el trabajo era arduo. Cada uno, miembro en mano, tenía la obligación de hacerse notar y abrirse paso entre la euforia y las tinieblas. Los bailarines estaban ahí para cargar con la parte mas dura de la jornada. Bastaba con verlos para adivinar que un hombre desnudo –uno solo– puede ser un banquete, pero un grupo de ellos en la misma situación no es mas que un rebaño de erecciones desesperadas.

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El hijo de dios es ilegal

—¡63!—grita la mujer de papada.
El Cíclope levanta su número, se acerca apresurado y, como si desplegara un mazo de naipes, apoya los papeles y las fotos sobre la mesa. Por fin podrá regularizar su situación en la tierra. La mujer saca un formulario de una bandeja, un rodillo del cajón del escritorio. Las pulseras chocan contra el vidrio de la mesa. Tric, tric, tric hacen.
—La derecha— le ordena sin volverlo a ver.
El Cíclope le entrega su mano floja. Ella lo agarra de la muñeca y le embadurna bruscamente los dedos con una tinta pegajosa. Después, seleccionándolos de a uno, los aprieta contra el formulario.
—La otra.
El Cíclope se supervisa la mano engrasada. Ella le alcanza un trapo oloroso mientras revisa inquisidoramente las fotos.
—¡Éstas no te sirven! —dice torciendo el labio.
El gigante encorva el cuerpo haciéndole una sombra de lluvia. Se siente tan incómodo que no sabe que hacer con los brazos, así que los cruza para fingir seguridad.
—¿Por? —pregunta.
Ella golpea la foto.
—¡Le falta el ojo!
—Lo que pasa es que sólo tengo uno y, como es de tres cuartos perfil, casi no se nota, pero ahí si se fija bien se le ve el bordecito…
—No veo nada—se acomoda los lentes.
El Cíclope saca otro sobre.
—Tengo éstas que son de frente.
—Tiene que ser tres cuartos perfil —niega y mira la hora. Luego le muestra la foto al del escritorio de atrás—. ¿Ves el ojo vos?
El hombre, deja de poner sellos, levanta la cabeza y milagrosamente, asiente. Entonces, ella continúa:
—¿Cíclope” es tu nombre o es tu apellido?
—Las dos cosas.
—No, no, no —se saca—. ¡O es tu nombre o es tu apellido!
—Me dicen “el Cíclope”.
—¿O sea que te llamás “El” y “Cíclope” viene a ser tu apellido?— lo mira por sobre los anteojos.
—Ahá.
—Bueno, deletréame tu nombre…
—E – ELE — abre bien grande la boca para que se entienda mejor.
—¿Así nomás como suena?— saca de un cajón una bolsa de galletas.
—Sí.
—Mh… ¿y el apellido como me dijiste?
—“Cíclope”
—¿De dónde es?
—Griego, señora.
—No se permiten apellidos extranjeros, te lo tengo que nacionalizar—le saca el acento, le agrega una zeta y pronuncia—: “Siclopez”.
—Es con “C ”—corrige respetuosamente el Cíclope.
La mujer señala los papeles con un nudillo.
—¡Acá, por ningún lado, figura tu fecha de nacimiento…!
Él, avergonzado, se acerca y le susurra.
—No tengo… me concibieron los Dioses.
—¡Mira… —ella alza la voz y lo mira por sobre los anteojos directamente al ojo— yo estoy muy ocupada… hay mucha gente detrás tuyo esperando… como para que me hagás perder el tiempo! —luego baja la vista, hace un bollo con el formulario y lo tira a la basura.
El Cíclope mira su anhelado trámite convertido en microbola y mira aquellos labios que se fruncen como una fresa en mal estado.
—¡El que sigue! —vuelve a gritar la mujer y cabecea para esquivar aquella mole que le tapa la visión y la fila.
Al fondo del largo y oscuro pasillo, un anciano se levanta de la silla feliz, y se acerca con el papelito rosa a lo alto como si se hubiera ganado algo en una rifa. En ese momento, el Cíclope agarra a la burócrata del trajecito, la levanta a la altura del techo y se la traga. Luego eructa la paciencia de varios siglos y desaparece de la oficina de migración.
El viejito vuelve a sentarse para que las rodillas o el alma le dejen de temblar.

|+| La ilustración original es de Diego Arias.



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Otro año malo

El 2008 fue un mal año. Aunque no lo parecía. No sugería ir más allá de las calamidades habituales de un año promedio. Sin embargo, visto a la distancia había sido un año de pequeñas catástrofes que, aparentemente aisladas y repartidas a lo largo de 365 días, estaban unidas por elementos comunes. Y algo todavía peor, por los elementos mismos que hicieron buenos a los meses buenos. Esto tendría que explicarlo mejor pero no sé cómo.

Por varios meses nos reunimos las noches de jueves en Barrio Escalante. En una casa esquinera de madera gris, frente a la ferrovía. La casa temblaba cada vez que pasaba el tren. Pero de una forma rara: por sectores autónomos, como se secan los perros. Estábamos distribuidos en los sillones de la sala y primero se sentía la vibración del piso en las plantas de los pies, algo leve, un hormigueo como de batería de 9 voltios (las cuadradas). Luego crujían las paredes con el sonido de envoltura de un confite gigante. Por último, el cielo raso y el techo se sacudían con una contundencia que se apagaba casi inmediatamente, como la estela de canción que deja un carro al pasar. Todo esto sucedía en ocho o diez segundos a lo sumo.

Cuando se llenaba el estadio, éramos diez personas pero en general la convocatoria de los jueves se detenía en seis o siete. Nos reuníamos con la excusa de un taller literario, yo era el coordinador. Las cosas que hace uno para salir de la casa y tomarse unas birras. Los talleres literarios son semejantes a los grupos de fútbol cinco o los cine foros, cosas que hace la gente después de su día de trabajo. Es una actividad inútil en la que unos pretenden aprender algo que nadie les puede enseñar. Quizás por eso nunca pagan. Nadie me obligó a abrir el taller. Pero a cerrarlo me iba a obligar, hacia el final del 2008, el motor diesel de la autoestima, nombre políticamente correcto del instinto de supervivencia.

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Ingredientes artificiales

Los ticos somos una especie exótica. En total somos menos de cinco millones, y yo vivo en un estado donde hay 36 millones de personas, entre ellos un montón de Mexicanos que ya a nadie le hacen gracia. Lo mismo pasaba en Montréal, donde los centroamericanos éramos todavía más raros, como loras estridentes. Ni qué decir en Sudáfrica, donde una vez me preguntaron a quemarropa exactamente de qué color era yo.

Pero gracias a las artes e inversiones del ICT, los buses tapados de verde y ruedas de carreta que me provocan convulsiones cognitivas, Costa Rica es ahora mundialmente conocida y admirada en diferentes calidades. Incontables ciudadanos del mundo han viajado a quemarse las nalgas a las costas del Pacífico Norte, a respirar el humo desconcertante de San José, a pescar peces y putas desde un yate en el Pacífico central, a ver nubes en donde se supone que está el Arenal y a fumar la carrasposa pero apacible cepa de marihuana que hace posible la vida en la costa del Caribe. Siendo así, en todas las reuniones que requieren tener una copa de vino en la mano me toca tener una conversación sobre la patria.

Mi conversación favorita es en la que yo, una mujer cafecilla y francamente enana, del tercer mundo, debo tener idea de cómo es la verdadera vida. Según mi interlocutor en esta conversa yo sé regatear en el mercado latino, sé defenderme en los peores barrios y he sobrevivido quién sabe qué calamidades socioeconómicas. Con otros interlocutores se supone que he lavado ropa en una piedra de río, he abierto una trocha con un machete, o sé distinguir una culebra de un sapo venenoso. Un tercer interlocutor piensa que pasé una niñez idílica surfeando en aguas calientitas y balancéandome en las ramas de los árboles con los monos. Rara vez tengo corazón para contarles de mi vida de niña nerda y urbana de clase media, con miedo a las alturas y a los bichos, que creció para andar en tacones y tomar whisky con dos hielitos, y no este Merlot mediocre que tengo en la mano, y nunca levantar una escoba en ocasión que no fuera de vida o muerte, o sea, para espantar un ratón.

Posiblemente la conversación que más me amarga es cuando llega alguien con el tema del ejército. “Es verdad que no tienen ejército y en vez de eso, lo invierten todo en educación?”. Me apena ser la que les apaga el puro contra el filo de mi aguevazón. Con mi sonrisa más educada en escuela pública me trago lo que queda de la copa y huyo a conseguir más. Ni qué decir cuando algún tarado me sale con que debe ser genial tener un presidente Nóbel de la Paz, o cuando alguien me cuenta emocionado que estuvo conversando con Figueres en una conferencia. Alguna que otra vez me da la conversación para rajar sobre la Caja, y ver a los gringos morir de la envidia y a veces, literalmente, morir de otras cosas. Una vez, recién llegada, me presentaron a un muchacho que me dijo: “lo sentimos mucho por lo del CAFTA” y yo le dije: ”nosotros somos los brutos que lo aprobamos”. Chocamos las copas y quedamos en paz.

En otros países algunos se acuerdan de Costa Rica porque una vez fueron la sorpresa del Mundial de Italia 90. Créanme, les digo, los costarricenses no sólo se acuerdan, sino que sangran por los ojos de la nostalgia. Después de esta conversación la mitad de los europeos se va creyendo que soy de Camerún. Esta vez durante el mundial al menos una docena de gringos me preguntaron si habíamos clasificado, y yo les tuve que decir que fue el equipo de los Estados Unidos el que nos pateó el culo al último minuto y sin ninguna necesidad. Trago Merlot, busco otro.

Las conversaciones más frecuentes sobre Costa Rica son las turísticas, las de gente que ha ido, o quiere ir, o no quiere volver nunca más. “Quiero ir a Costa Rica, pero a un lugar que no esté lleno de turistas, sino más auténtico”. Les recomiendo Nicaragua. Todo lo demás está plagado de gente buscando “lo auténtico”, haciendo mala cara cuando ven que tenemos Denny’s y TGIF y WalMart y otras joyas culturales que los gringos han sido tan amables de exportar. Lo auténtico no existe, o da diarrea.

Los que se creen muy sabrosos me dicen: “Queremos iniciar una colonia de hackers en una finca frente al mar” Buena suerte corazón. Otros, los buenos, dicen: “Queremos ir a ser voluntarios a una comunidad unos días y luego ir a pasear”. Les recomiendo que hagan lo que hacemos los ticos: que lleven plata, paguen un hotelito barato y se emborrachen en una hamaca frente al mar. No se jodan desperdiciando su buena voluntad, que ya para eso tenemos estudiantes de la UCR. Si insisten en pasar diez días paleando en una granja orgánica, les recomiendo a unos gringos que tienen una lindísima cerca de la playa, donde pueden ir a trabajar por sólo cien dólares la noche. Alguien quiere otra copa?

A mi me encanta hablar de Costa Rica. Cuento muchas historias de gente que no sale en las noticias internacionales, de mi familia y mis amigos que no viven cerca de playas ni volcanes ni surfean ni exploran los rincones de selva tropical. He popularizado entre incontables audiencias las expresiones “caí como un plátano” y “entre menos monos más bananos”, con sus respectivas traducciones. Pero me gusta sobre todo contar las cosas que son iguales a las de aquí, iguales a las de todo el mundo, con nacimientos, fiestas, libros, películas, platos de comida, música, tragos, cumpleaños y funerales. Me gusta hablar más de personas que de lugares, porque para mi la gente es lo que hace al país y no al revés. Además, a estas alturas de mi vida, haber nacido aquí o allá o en Bolivia o en Panamá me da exactamente lo mismo, porque en todo lado soy cafecilla, enana y del tercer mundo.

Ya van un par de veces en que alguien me pregunta: “Por qué te fuiste del paraíso?” Y por más que la busco la respuesta nunca aparece en el fondo de la copa. La respuesta no está en ninguna parte, y el paraíso tampoco. Salud.

|+| La ilustración original es de Diego Arias.



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Estéreosexual

Me escribe la reputadísima (como ella misma se confiesa, reputadísima pero sin cobrar) Dra. Taras Vulva desde su consultorio ginecológico itinerante para saludarme a propósito de la cercana celebración costarricense del Día de la Madre. Cansada de dictar conferencias en sueco, noruego e islandés, asegura que la fuente de su agotamiento va más allá de las siete lenguas que domina. “¡Qué sentido tiene convencerme dice– a los únicos que desde hace décadas están convencidos de la emancipación del hombre y la mujer!… Imagínese que en Suecia el público de mis conferencias está conformado casi sólo por hombres… por eso me aburre Suecia… ¡Yo a los hombres no los quiero para hablar!”

Insiste la doctora en retornar al Tercer Mundo, es decir, a su nacionalidad intelectual, cuando afirma que no ve ocasión más propicia que ésta para hablar de los temas que conciernen a las mujeres latinoamericanas, y por ende a los hombres y a sus hijos y a la sociedad entera. “¡Los periodistas siempre se meten en mi vida privada!”, se queja Vulva. “Ya me canso de repetirles que no soy heterosexual ni homosexual. Soy estéreosexual, que es distinto. Me gusta andar por la vida con más amplificación”.

Son tan diversos y cambiantes los atestados de esta mujer de ojos saltones y mirada penetrante, que parece tocada por el don de la ubicuidad: estos días los medios franceses recogen una intensa polémica sostenida con la feminista Elisabeth Badinter, al tiempo que la ong Médicos Sin Fronteras informa de su participación al frente de un proyecto en Ahmad Shah Baba, un distrito de Kabul, en el que la Dra. Vulva trabajó junto a cinco matronas afganas, atendiendo un promedio de 400 partos al mes en un país en el que la esperanza de vida de las mujeres es de 44 años.

Sepultada bajo toneladas de publicaciones, homenajes, vuelos transatlánticos y consultas mediáticas, esta doctora en filosofía, sexóloga y trompetista de jazz, logró expandir sus fosas nasales sobre la nube tóxica que cubre la región centroamericana. En el cercano Día de la Madre, comparto un diálogo esclarecedor, aunque saturado de CO2.

–Vulva, ¿cómo que usted es trompetista de jazz?
–Es que soy asmática, o era. Empecé practicando ejercicios de respiración y yoga y cuando me di cuenta estaba tocando la trompeta. Eso fue durante mi adolescencia. Incluso llegué a tocar con la orquesta de Emir… Emir Kusturica, The No Smoking Orchestra… Es que somos medio primos… El nombre es lindo, pero la verdad es que todos fumábamos.

–Acaba de tocar un tema que yo quería plantearle: las relaciones familiares. Empecemos por…
–…empecemos por hablar de “el bebé”. “El bebé” se ha convertido en el mejor aliado de la dominación masculina. ¡Basta ya de hablar del instinto! Especialmente del instinto de ser madre. El instinto es la disneylandización de la reproducción; es el pensamiento mágico de la condición humana. Que el instinto sirva para otros actos como lavarse los dientes pero no para justificar la maternidad o la paternidad, porque los actos del instinto son por lo general, actos fugaces. A menos que uno devore a sus propios hijos, como Saturno, ser madre o padre es un título vitalicio. Mejor hablemos del aborto.

–Perfecto. Hablemos del aborto.
–Cada vez que una niña de 16 años da a luz, a mí me da depresión pos parto.

–Entonces, ¿está usted en contra de la maternidad?
–Sí, pero no. Estoy en contra de la maternidad de las niñas y de las mujeres jóvenes en general. Oiga, yo tuve un encuentro muy interesante el año pasado con unos personeros de la industria farmacéutica, ya sabe, esos genios que inventaron el viagra y la aspirina. Estamos en negociaciones para una píldora que invierta la menopausia en la mujer, así: que las mujeres sólo puedan quedar embarazadas a partir de los 45/50 años. Y hasta los 90 si hace falta. ¡Imagínese qué vida le daría por ejemplo a su anciana madre poder parir ahora un bebé! Y en cambio, hasta esa edad de los 40/45 que las mujeres estén menopáusicas, es decir ardientes y sin riesgo de embarazo. Esa es la píldora que necesitamos.

–¿Se considera una mujer emancipada?
–Totalmente emancipada, aunque no por eso menos resentida.

–¿Cómo puede afirmar que usted también es madre si no tiene hijos?
–Así como existen las madres solteras, también existen las madres sin hijos. A esta conclusión he llegado después de 8 matrimonios y una vida dedicada al estudio interdisciplinario del varón. La insistencia en que no hay nada más bonito y sublime que ser madre es un cuento de los hombres. Sólo les falta ser más sinceros y decir: ser madres de sus parejas para siempre. ¡Son ellos los que andan siempre buscando una madre! Pero déjeme decirle que el gran privilegio para una mujer de esta época que estamos viviendo es poder no ser madre. Y dedicarse a la lactancia adulta.

–A propósito del 2 de agosto, ¿qué opina del poder de convocatoria de La Negrita… La Patrona de Costa Rica?
–Es cierto, a Laura la veo muy morenita, muy manchada diría yo, creo que su piel no está preparada para tanta procesión, pero eso tiene remedio.

–No no, yo me refiero a la Virgen de los Ángeles. ¿Sigue creyendo que “Costa Rica es un país administrado espiritualmente por una piedra”?
–Y es virgen porque es de piedra, que si no… ¡ya habrían abusado de ella, como del 87% de las mujeres en Centroamérica!

–Durante una entrevista para CNN, usted se refirió a Costa Rica como un país ocupado militarmente y desocupado políticamente.
–Bueno, me alegra mucho que usted recuerde que esa frase es mía, pero esa entrevista en CNN he intentado
olvidarla. Esa fue la vez que terminé a trompetazos con Neil Chomsky, el primo del célebre Noam Chomsky. Neil es un frustrado, vive bajo la sombra alargada de su primo Noam, que ahora sale hasta en La Nación, lo cual es muuuucho decir. Neil estaba diciendo que Costa Rica era un país desocupado militarmente (por lo de no tener ejército) pero ocupado políticamente (por las intrusiones yanquis) y fue cuando yo, en un tono jocoso, le dije: ¿No será al revés, Neil? ¿Ocupado militarmente y desocupado políticamente? Y no lo soportó, su vanidad no lo soportó, y se vino hacia mí gritando y el pobre Larry (Larry King) no sabía qué hacer y yo llevaba mi trompeta en secreto, era una sorpresa, iba a tocar el final del programa, pero entonces tuve que sacarla y agarrar a Neil a trompetazos.

–¿Por qué ha causado tanto revuelo su autoexilio en Galicia? Corren rumores de toda índole…
–Mire, me cae usted bien, siempre me han despertado una simpatía especial las mujeres con el pecho plano como usted, así que voy a revelarle una primicia mundial: muy pronto se va a acabar el dilema del aborto. La razón por la que llevo casi dos años escondida en los montes remotos de Galicia es porque conocí un grupo de mujeres que saben abortar sin pastillas ni intervenciones, a puro poder mental. Yo propuse llamar a este sistema Telequinesis Abortiva, lo propuse en una reunión ultrasecreta que hubo en la Escuela Politécnica de París. Pero Elisabeth Badinter se opuso, de forma muy extraña y violenta. Va a decir usted que soy una peleona peligrosa, pero casualmente ese día también llevaba yo mi trompeta y ya se puede imaginar cómo terminó la cosa. Total, yo por eso prefiero ir por libre. Yo estuve dos años en la Galicia profunda. Es un sitio casi medieval. Y hay una sabiduría ancestral que estas mujeres están aplicando con un 100% de eficacia en congéneres de probada inteligencia. Es casi como un método Silva. Yo voy a impartir este curso en Costa Rica, ese es mi regalo a las mujeres de este país en este mes de agosto, Mes de las Madres. Quieran o no.



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El falo azul

“¡Pero precisamente de aquello
que no se puede hablar hay que hablar,
hundir la lengua en lo invisible
convirtiendo las palabras en espejo…”
Alejandro Jodorowsky

Caminábamos en fila india por el zoológico.
De repente, los niños que venían adelante de mí se alborotaron y todos nos pegamos al alambre como si estuviera imantado. Debí abrirme paso a codazos para ver aquello: adentro de la jaula un burro se montaba una yegua. El burro tenía la cabeza apuntando al cielo y le aullaba a las nubes. Y, entre las patas, grueso y curvo, le crecía un garrote de carne. Yo nunca había visto un falo tan grande. Aclaro: nunca había visto un falo.
En ese momento las maestras comenzaron unos desesperados intentos de evacuación.
—¡Chicos… por acá… por acá! —gritaba la señorita Gisella señalando un camino de piedras.
La ignoramos.¿No se daba cuenta que estábamos viendo lo mejor de nuestras vidas? Yo gritaba eufórica, recuerdo. La cara de la yegua me dolía a mí. Eso era inadmisible para cualquiera. Aparte, de color azul. ¿Podía ser cierto? ¿Existían los falos azules? No llevaba cámara. Pero en alguno de esos reencuentros de viejos ex compañeros gordos esa foto todavía se muestra.
Al rato, cuando el burro se puso a eyacular con su manguera enloquecida, la señorita Gisella se nos colocó enfrente como una cerca y nos comenzó a arrear, ahora sí, decidida.
—Vamos a ver a las ovejas —decía ya de mal humor—. ¡Para allá… caminen…!
Karina, la maestra del otro grado nos colocó de nuevo en fila y nos dio a cada uno una bolsita de alimento con olor a aserrín.
—Las ovejas son mamíferos… —explicaba la señorita Gisella que, a juzgar por aquella cara, no había visto el falo azul ni remotamente.

Durante el almuerzo, nos llevaron a unas húmedas mesas de madera al aire libre. Yo abrí mi tupper y saqué un sándwich destramado. Pero no podía comer. No tenía hambre. Tenía un burro incrustado en la mente. Y una yegua adolorida. Y un manguerazo de leche. Tenía una asfixia de incertidumbre.
Me acerqué a la señorita Gisella y le toqué el hombro.
—Señorita, ¿por qué cuando el burro…?
Ella me miró ofendida.
—¡No vinimos acá para ver eso!—me dijo, y siguió descascarando su huevo duro.
“¿Entonces para ver qué habíamos venido?” (la pregunta me zumbó largo rato). Volví enojada a mi banca. Pensé en la maestra. En su oveja mamífera. ¿Era tonta la señorita Gisella? Con el tiempo me di cuenta que no, que no era tonta. Pero eso lo entendí con los años. De adulta casi. Cuando me inyectaron la mojigatería y dejé de hablar de falos azules. Cuando empezaron a horrorizarme las preguntas. Cuando aprendí que las lecciones de educación sexual en Latinoamérica las dan los burros. No las maestras.

|+| La ilustración original es de Diego Arias.



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Guatemala

Me encantan las tres hijas de uno de mis amigos más cercanos. Son brillantes, autoafirmadas y con carácter. Una tarde de semana, la hija del medio, entonces de 17 años, iba y venía por la sala, caminando en paralelo a las reglas de madera oscura del piso. Hablaba fuerte contra su padre, contra la educación académica, la clase política, la caza de ballenas, el hambre mundial. Luego apuntaba la metralleta otra vez contra su padre. Ella cumplía con su papel y yo, para desempeñar el mío, tuve que interceder en nombre de mi amigo, “Avril, César te ha dado lo mejor que le puede dar un padre a sus hijas”. Interrumpió el monólogo y me miró desafiante, sin pestañear, en uniforme. “Te dio –le dije– el pasaporte de la Unión Europea”.
César es francés, vive aquí desde 1981. Llegó de rebote y por tierra desde Panamá. Mientras buscaba distraído el pasaporte en el fondo de su mochila, haciendo fila en la ventanilla de migración de aquel puesto fronterizo al que el calificativo “rural” le quedaba demasiado cosmopolita, no se podía imaginar que al bajar las gradas del Ticabús, con el movimiento inconsciente y coordinado de manos que sueltan agarraderas mientras los pies tocan tierra firme, le daba start a esa máquina inmaterial, colosal e irreversible que lo acomodaría en suelo costarricense por los siguientes 29 años y contando.
Eran los primeros años de la guerra en Centroamérica, al llegar a San José se sorprendió de la euforia sandinista de nuestra capital. Banderas rojinegras ondeando por todo lado. Lo que no sabía es que días antes, después de 10 años de sequía, la Liga había ganado el campeonato nacional ante el Club Sport Herediano con gol solitario de Jorge White, un remate cruzado en el minuto 43 del primer tiempo que superó al único portero con nombre de poeta isabelino, Edmond Gladstone Clark.

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Perros y gatos

En mi familia materna el matrimonio es una anomalía. Hay matrimonios por aquí y por allá perdidos en la memoria, pero lo normal es que la gente tenga hijos, se junte, se separe, se vuelva a juntar y tenga más hijos, o no tenga ninguno, sin ningún orden ni obligación en particular ni con una persona específica. Casarse es lo raro. Somos una sola tribu que, dado su carácter escaso, ama los casamientos y sus respectivas fiestas.

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Oh positivo!

No me asusta la sangre. De pequeña quería ser doctora y en una hipotética consecuencia natural, vivía acorralando bichos para salvar de las arañas a mi hermana mayor. Pero los insectos no sangran y quizá por eso tuve tantos accidentes, algunos de los cuales podrían incluso considerarse sucesos premonitorios, como cuando mi frente se incrustó en el borde de un escritorio.
En cada derramamiento ponía a prueba mi vocación. Siete puntadas por aquí. Doce puntadas por allá. Solo una vez experimenté en cabeza ajena. Fue cuando le tiré un ladrillo en la frente a mi hermano menor. Yo estaba en lo alto de un balcón y él abajo, en la llanura, simbólicamente diminuto. Me dijo que no me animaría a hacer el lanzamiento y yo le aseguré que sí. ¿Por qué no me creyó?

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