Movidos por el odio

Desde el 20 de junio me da vueltas este tema en la cabeza. Ese día y tras una noche marcada por el crimen, los periódicos nos contaron de un rarísimo suceso ocurrido sobre la carretera Braulio Carrillo.
Tirado a la orilla del espaldón, la policía encontró a un travesti. Lo mataron un disparo en la nuca y lo dejaron casi denudo. A menos de un kilómetro de distancia encontraron a un joven dentro de su carro, aún con vida, pero con un disparo en la sien. En la carrocería del pick-up, escrito con un dedo sobre el polvo de la lata dejaron escrito “gay”.
El de los crímenes de odio es un tema que me ha interesado dese hace años cuando oí hablar del brutal asesinato de Matthew Sheppard en Wyoming, US. Ese caso puso el tema en la agenda estadounidense y fue otro de los que desnudó la temible realidad de los grupos de odio en ese país: la segregación racial, la ultra-derecha homófoba, los grupos neo-nazis, el ku klux klan, etc.
¿Crímenes de odio en Costa Rica?
Aunque afirmarlo quizá sea arriesgado, hay que decir que el suceso del 19 de junio tiene todos los elementos de un crimen de odio. Si no lo fue (las autoridades aún no tienen una luz sobre lo ocurrido) y el móvil fue otro, la sola presencia de esos elementos debe alarmarnos.
Pero el asesinato de estas dos personas no es un hecho aislado. En los últimos meses, el odio como práctica, como instrumento, parece haber ganando terreno a pasos agigantados dentro de la sociedad costarricense.
El odio, que es la homofobia, se materializa en las declaraciones retorcidas de un diputado ultra conservador como Guyón Massey, que recurre a la falacia para maquillar lo que no tiene otro nombre: intolerancia, homofobia.
El odio está en los siempre desafortunados razonamientos del extremista “abogado de familia” Pedro Beirute, a quien no se le suaviza la lengua cuando espeta cosas como que ante la ley “no se puede tratar igual lo que es desigual”, o que “suspendamos las garantías individuales por un ratito”. ¡Chingo de sociedad ejemplar se construye así!
El odio está en un triste artículo de opinión del subdirector del “diario de mayor circulación de Costa Rica”, en el que desde el título se deja decir “Garrotiemos al delincuente”, y unas líneas después se atreve a preguntarse “¿Qué le está pasando a Costa Rica?”.
El crimen de odio, ese que no tiene otro motivo más que el de atacar a lo que es diferente, sólo porque es diferente, es quizá uno de los más graves síntomas de la descomposición social. Es matar con base en la religión, en el origen étnico, en la orientación sexual, en alguna discapacidad, en la nacionalidad.
Pero de pronto nos descubrimos en un país donde sin que medie bala o puñal, el crimen de odio se comete a diario. Ese ataque verbal basado en la intolerancia, esa incitación a la violencia, ese pregonar que ante la ley -o ante los ojos del dios en cuestión- unos somos más iguales que otros.
Es hipócrita un país que se pretende remanso de paz, cuando es suelo fértil para que germine y crezca el odio. El de “los iguales” y el de los no tanto.














